martes, 27 de septiembre de 2016

«Quiero ser la nada» | Antología de Carmelo Beltrán

Si el mundo está construido de ignorancia, algunas preguntas estúpidas deben de formar sus cimientos. Cuando me preguntan si alguien inspira mis relatos, si hay personas que sean musas o que se convierten en protagonistas de mis historias, que han visto reflejados a alguien en mis personajes, cuando me preguntan eso, es que no han entendido nada.



No han logrado comprender que cuando escribo nada les pertenece, que robo almas por la calle y las plasmo en historias que solo son de mi propiedad, que cada una de sus respiraciones responden a mis designios y que aunque me suplicasen durante eones no volvería a dejarlas en libertad.

jueves, 22 de septiembre de 2016

«Sueños de escritor» | Microrrelato de Carmelo Beltrán




Cada noche se colocaba frente al teclado y trataba de crear un nuevo mundo, una historia en la que no tuviese que trabajar en algo que no le gustaba, un capítulo en el que volviese a ser un niño y solo importase acabar rápido los deberes para salir corriendo, despavorido sin mirar atrás, al parque a jugar.

martes, 20 de septiembre de 2016

«¡Respeta mi trabajo! | Relato de Carmelo Beltrán

Cuando la luz se apagó las historias dejaron de importar. Quiénes éramos, de dónde veníamos… Nada tenía ningún sentido en aquella sala. Desde donde me encontraba podía escuchar las respiraciones nerviosas de los desgraciados que me acompañaban, podía notar el olor del sudor que corría sus cuellos por culpa de los nervios, podía sentir cómo sus corazones pugnaban por salírseles del pecho, acongojados ante la perspectiva de una muerte que no tardaría en aparecer.



Era mi momento favorito, mi instante de placer, el culmen de mi obra de arte, la razón por la que me levantaba cada mañana y sonreía al Sol dispuesto a entregarle un nuevo tributo a cambio de la vida eterna. Aunque si os soy sincero había mucho más. Vivir para siempre es un tesoro, pero no sé si me lo proporcionaba aquel pacto maldito con un Dios ancestral o el orgasmo que alcanzaban mis sentidos cuando la piel de una de mis víctimas se resquebrajaba al escapar su alma mientras gritaba aterrada pensando que todavía le quedaba alguna esperanza.

El plan era siempre el mismo. Primero les hacíamos sentir el terror de verse sin salida, el momento de desesperación en la que un alma se da cuenta de que su vida ha llegado al punto final, alimentando el miedo de sus compañeros de viaje eterno con sus gritos, expulsando hasta el más oscuro remordimiento por sus lágrimas, sufriendo hasta ese momento en el que aceptaban su destino, instante en el que el juego continuaba.

Entonces encendíamos un hilo de luz, abríamos ligeramente una ventana y dejábamos que el aire fresco inundase la habitación. El sentir la vida ajena les influiría esperanzas, salvación, una nueva oportunidad por seguir en ese mundo del que tanto se habían quejado, del que tanto habían blasfemado y al que nunca habían agradecido por haberles otorgado el milagro de la vida. Ahora era cuando lo querían, cuando estaban a punto de perderlo, cuando la perspectiva de una vida eterna en el infierno que se habían ganado no era atractiva y preferían posponer su inevitable sino hasta que sus corazones aguantasen.

sábado, 17 de septiembre de 2016

«La locura del artista» | Relato de Carmelo Beltrán

La música ensordecedora del concierto rodeaba los sentimientos de los presentes, las luces iluminaban sus rostros de forma sistemática, como si estuviesen escrutando qué pasaba por sus mentes cuando decidían abandonarse al ritmo de una canción que les hacía sentir completos, felices, ajenos a cualquier aspecto mundano mientras aquellas notas siguiesen volando subidas al viento.



Al llegar el estribillo el mundo se plegaba justo en ese punto, convirtiéndose en el centro de todos los pensamientos que realmente importaban, siendo la envidia de cualquiera que estuviese en otra parte del planeta, vetado de sentir su piel erizarse con la energía que desprendía una humanidad que se había entregado a lo único que la unía en cualquier rincón del mundo, por apartado que fuera.

jueves, 15 de septiembre de 2016

«La revolución del destino» | Antología de Carmelo Beltrán

Si no entendéis que es el paso del tiempo quien desgarra fragmentos del alma es que no habéis comprendido nada. Si no sois conscientes de que cada instante de la vida fluye con la fuerza de los recuerdos que no has vivido, con el combustible de las historias que solo han sucedido en tu cabeza y con la fría chispa que surge cada mañana al querer tornar el mundo de los sueños en realidad para dejar a esta abandonada en un suburbio de baratejas de segunda mano que se oxidan con el paso de los segundos, es que no habéis entendido nada.



Y no os culpo por no hacerlo, pues en esta vida se empeñan en marcarnos el camino, en decirnos dónde y cuándo tenemos que estar o en qué momentos podemos sonreír para que nadie salga herido. Si nos dicen que llorar está prohibido y que el respeto solo se muestra con palabras, que un «usted» vale más que querer descubrir a quién tenemos delante y que nos tachan de estúpidos por intentar ser buena gente. Que nos dicen que de tan bueno tonto, sin ser conscientes de que hemos reinventado las caídas, que ya no nos duelen y que rebotamos cual pelotas de goma para levantarnos mucho más fuertes.

lunes, 12 de septiembre de 2016

«Volver» | Antología de Carmelo Beltrán



Volver no es más que reinventar un camino, tomar una ruta que ya conocíamos y desentrañar los misterios que para nosotros eran rutina.

Volver es mirar al hogar con nuevos ojos, acariciar sus esquinas buscándole las cosquillas y prometerle sonreír cada vez que abras su puerta, pese a que seas totalmente consciente de que no podrás cumplir tus palabras.

miércoles, 7 de septiembre de 2016

«La música de la Luna» | Relato de Carmelo Beltrán



El mundo está lleno de soñadores, de locos, de personas que cantan en la ducha hasta dejarse la voz la última canción que no pueden sacarse la cabeza, de gente dispuesta a dejarse la piel por lograr una sonrisa más cada noche y de mantener la respiración para no asustar a los deseos.

Ellos eran de esos, de los que cada día miraban al sol con la chulería necesaria para hacerle frente, de los que gritaban a los cuatro vientos cada mañana que querían ser felices y que nada iba a interponerse en su camino. De los que siempre sacaban una excusa para reír aunque el mundo estuviese yéndose al garete, de los que se agarraban a la mínima pista de esperanza y la regaban cada mañana para cumplir sus sueños.

Sin embargo, nadie les enseñó nunca que de locuras no se vive, que de solo buscar las estrellas fugaces no se cumplen los deseos y que cuando la vida se vuelve en tu contra ni el más fuerte de los anhelos puede ayudarte a reconducir tu camino. Tuvieron que aprenderlo a la fuerza, con el impacto de un choque que hizo virar sus vidas ciento ochenta grados y que colocó a cada uno de ellos en una dirección opuesta, distante, que no les dejaba mirarse a los ojos.