miércoles, 16 de julio de 2014

"Maya" Parte #1

Hay un momento en la noche en el que todas las ciudades callan. Esta calma es aquella que abarca esos instantes de silencio que amenizan la transición entre los últimos que llegan a casa, y los primeros que dan la bienvenida a un nuevo día mientras el sol se levanta al ritmo que a la luna se le cierran los ojos.


Dicen que es en esos momentos en los que aparece la magia. Poca gente puede dar fe de ello, porque sólo aquella que conoce cómo es realmente puede identificarla. Magia no es sacar pájaros de una chistera, ni hacer desaparecer una moneda. La magia es ciencia. La magia es creencia. Y cualquier persona que no cumpla ambos requisitos no va a poder advertirla nunca.


Es por eso que, únicamente, si desde pequeño la descubres vas a poder utilizarla el resto de tu vida. Los adultos piensan que son demasiado inteligentes para creer, y demasiado ocupados para estudiarla, pero los niños no son así. Los niños son capaces de creer que chasqueando los dedos pueden hacer que el aire sople y que si cierran los ojos y se concentran tanto que les duela la cabeza puede aparecer ese pastel de chocolate que tanto les gusta delante de sus narices. Esto es magia, y magia es tener la ilusión para creer en lo imposible.

Maya abrió los ojos la primera. Miro al techo. Extrañaba el rosa de su cuarto. Le habían dicho que pronto se acostumbraría al nuevo sitio, pero a pesar de que había pasado ya una semana, cada vez que veía ese techo blanco, con los inequívocos signos del paso del tiempo, las lágrimas acudían a sus ojos.

Al levantarse las magnas del pijama se le subieron hasta el codo. Se le estaba quedando pequeño desde hacía tiempo aquel pijama azul con la cara del osito en el pecho. Su hermana mayor se había metido mucho con ella. Le decía que era demasiado mayor para esas cosas. Pero Maya no  lo pensaba. Por muchos siete años que tuviese todavía tenía edad para llevar su pijama. Recordar a su hermana hizo que las lágrimas finalmente brotasen. Con lo mal que se llevaban, y como la echaba de menos. Si hubiese podido decirla que la quería, si tuviese una sólo oportunidad para volver atrás, se lo repetiría las veces que hiciese falta, en vez de dedicarse a tirarle de los pelos. Aunque lo que Maya no sabía, es que no hay signo mayor de amor para una hermana que pelearse, enfadarse, gritarse, y finalmente fundirse en un abrazo. Con el tiempo lo acabaría entendiendo.

Miró a las otras dos camas de la habitación. Sus nuevas compañeras seguían durmiendo. Una le recordaba a una vaca. No por su aspecto, estaba como un palo, sino por los ronquidos que emitía mientras dormía. Algunas leyes de la física se verían cuestionadas si científicos observaran como un cuerpo tan pequeño producía tal estruendo. No sabía como conseguía dormirse tan cerca de ella. Debía de tener el sueño muy profundo.

Decidió ir al baño antes de que se despertasen y se diesen cuenta de que su cara estaba mojada por el llanto. Bastantes problemas tenían ellas como para que se preocupasen también por los suyos.

Se miró en el espejo. La nariz le había vuelto a sangrar; como cada vez que se ponía nerviosa. Últimamente le ocurría demasiado a menudo. Cogió un trozo de papel higiénico. Hizo una bola como solía hacer su madre y consiguió cortar la hemorragia.

Sin embargo, había una cosa que le preocupaba más que el hecho de sangrar. No había perdido su coquetería. Al mirarse al espejo vio que la parte derecha de su melena rizada había quedado aplastada a causa de la postura en la que había dormido. Cogió su peine y empezó a cepillarse mientras pensaba que le depararía el día. Supuso que sería la misma rutina de siempre. Desayunar, psicólogo, preguntar por el estado de su padre, ir a jugar al parque con el resto de niñas, comer, jugar, y volver a dormir. Si quitaba la parte del psicólogo sería una especie de campamento. Pero sabía que nunca volvería a uno. No podría con ello.
Sonó la campana que marcaba la hora en que las jovencitas debían despertarse. Maya se sorprendió. No imaginaba que había pasado tanto tiempo estando dentro de sus pensamientos. 

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