miércoles, 23 de julio de 2014

"Maya" Parte #2

Mientras veía a sus compañeras desperezarse, y escuchaba esos ruiditos que hacemos mientras nos despertamos, ella se acercó a su cómoda, abrió el primer cajón y sacó ese pulserita azul que su madre le había regalado por su séptimo cumpleaños hacía menos de dos semanas. Ella le había prometido que si se concentraba mucho, la pulsera le concedería tres deseos. Recordar esa escena consiguió sacar una pequeña mueca, algo parecido a una sonrisa, de los labios de Maya. Cambiaría los tres deseos por sólo uno.

Se quitó el pijama. Lo dobló y lo colocó debajo de su almohada. Decidió que hoy iba a ponerse la camiseta roja con esos vaqueros que tanto le gustaban. La camiseta se le enganchó mientras se la intentaba deslizar desde la cabeza hasta el cuerpo. Siempre había sido torpe para ello. Se peleó con ella, hasta que finalmente una de sus compañeras acudió al rescate. La chica le acarició el pelo, y se fue a la sala del desayuno. Le rugían las tripas.


Maya también tenía hambre, pero antes de ir tenía que ponerse su pulsera. Cerró los ojos mientras la sujetaba y notaba su contacto contra su muñeca. Necesitaba que se cumpliese su deseo. Su abuela siempre le decía que si creías fuertemente en algo, el mundo te ayudaba a conseguirlo.

El desayuno transcurrió como de costumbre. La variedad no era la seña de identidad de aquel centro social, pero un bollo de crema con un vaso de leche con cola cao era más de lo que muchos de esos niños podrían permitirse por sí solos. Maya echaba de menos poder echarse más cola cao. Le encantaba. Mientras se disolvían los pocos polvos que tenía, recordó como le gustaba echarse grandes cantidades e ir comiéndoselo con la cuchara antes de que se disolviesen. Parecía otra vida. Acabó de bebérselo y dejó parte del bollo. Nunca tenía mucha hambre a la hora de desayunar y eso era algo que no iba a cambiar por ahora.

La sesión del psicólogo fue tan dura como habían sido las 6 anteriores. Ella no creía que le estuviese haciendo ningún bien. Salía siempre destrozada. No comprendía como estar una hora hablando con una persona que únicamente escuchaba sin dar ningún consejo iba a conseguir hacerla sentir mejor.

Cuando llegó al patio donde estaban todas las demás chicas jugando tomó una decisión. Si la psicología no conseguía aflojar ese nudo que le oprimía el pecho, quizás la solución fuese buscar un método que le hiciese sentir mejor. Con determinación se dirigió al lugar en el que se encontraban sus compañeras de habitación y empezó a contarles toda la historia.

Comenzaba julio, y como siempre desde que tenía memoria, sus padres las llevaban a ella y a su hermana a un campamento de verano. Se pasaban todo el año esperando a este momento. Estar una semana sin sus padres, en libertad, y haciendo muchísimas actividades era algo que las apasionaba.

Este año su hermana había cumplido ya diez años, y se sentía lo suficientemente mayor como para sentarse en el asiento del copiloto del coche. Su padre cedió y se sentó detrás con Maya. Ellos dos si se habían abrochado el cinturón, no como las dos chicas que se sentaban delante.

El viaje transcurría con total normalidad. Su madre encendió el equipo de música y empezó a buscar su canción favorita Like a Rolling Stonede Bob Dylan. La habían escuchado tantas veces, que dominaban cada coma de la letra. En cuanto se escuchó el primer acorde todos los miembros del coche empezaron a cantar tan alto que Bob Dylan no era más que un nombre mostrado en el displaydel coche. Cantaban con tanta energía y entusiasmo, que había quedado silenciado. Maya tenía la sonrisa más grande que una niña puede tener en la cara. Si alguna vez alguien os pregunta que es la felicidad, recordad ese momento, pues esa imagen es ese sentimiento en todo su esplendor.


Fue como si el destino quisiese regalarles ese último momento, respetando ese instante mágico de complicidad que la familia estaba compartiendo, otorgándole ese recuerdo a Maya, pues fue al terminar la canción cuando el trágico final se desencadenó. Ese Ford verde se saltó la línea continua en la incorporación a demasiada velocidad, haciendo imposible que Maya y su familia pudiese evitar el golpe.

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