lunes, 28 de julio de 2014

"Maya" Parte #3

Maya despertó al cabo de unas horas. Había salido ilesa. Estaba en el hospital mientras le hacían más pruebas para cerciorarse de que todo estaba correcto. Pero no iba a ser el dolor físico lo que iba a atormentarla, sino el mental. 

Al darse cuenta de que estaba en condiciones óptimas, los médicos tuvieron quedarle las malas noticias. Darle ese mazazo que supone la realidad. Su madre y su hermana habían fallecido en el accidente, mientras que su padre había quedado en un coma del que las previsiones de recuperación eran prácticamente nulas.


Cuando acabó de contar su historia rompió a llorar soltando todo lo que tenía dentro. Ese agua salada que caía de sus ojos era consecuencia del aflojamiento que su nudo interior estaba sufriendo poco a poco gracias a compartir su historia con las personas más cercanas que tenía ahora mismo en el mundo. Ellas la comprendían. Todas habían pasado por traumas parecidos, por situaciones similares o por pérdidas idénticas. Sabían que nada de lo que le dijesen iba a conseguir mejorar el estado de ánimo que tenía, así que lo único que hicieron fue fundirse con su nueva hermana en un abrazo tan fuerte que apenas dejaba a ninguna respirar.


Tras comer, se llevaron a Maya al hospital. Tocaba la visita diaria a su padre. En la última semana no había existido mejora alguna. Esperaba tener más suerte hoy.

Sin embargo, la situación no fue la deseada. Nada más llegar, el médico que estaba tratando a su padre le dijo que quería hablar con ella.

Entraron en un despacho alejado del bullicio del hospital y su sala de espera. No era precisamente ruido lo que se escuchaba en el hospital, eran malas sensaciones. Esas vibraciones que te carcomen desde dentro sin que nadie pueda pararlas. Tener un rinconcito de calma era necesario para las personas que trabajaban allí. Su fuerza no es tal como para ver sufrimiento saliendo ilesos.

Ese despacho era todo paz. Era pequeñito. Una mesa con un ordenador, una silla en un lado dónde se sentaba el doctor, y dos en la otra para hablar con los pacientes o familiares. Maya observaba las paredes. Toda llena de diplomas de carreras, másters, cursos… Algún día le gustaría ser tan inteligente como él.

Comenzaron a hablar y escuchó las malas noticias. Las previsiones de que su padre se despertara habían pasado de prácticamente cero a nulas directamente. No tenían ninguna esperanza para él y procederían a desconectarlo a la mañana siguiente, por lo que el hospital había accedido a dejar a Maya dormir con él en esta última noche.

El colapso que sufrió Maya fue tan grande que ni si quiera le sangró la nariz. Estaba demasiado aturdida como para que su cuerpo reaccionase como lo había siempre. Se quedó mirando los ojos del médico, mientras estiraba las mangas de su camiseta roja. Quería tener el mínimo contacto con el mundo exterior. Empezó a rescarse los brazos con tal fuerza que empezaron a sangrar. Sus piernas temblaban, parecía que iban a provocar un terremoto de la vibración que producían, pero su rostro seguía inmóvil, impasible, observando los ojos del doctor, pareciendo reconocer en ellos un dolor y un pesar de verdad. Un sufrimiento y una complicidad que parecían decir que entendía por lo que pasaba. Pero a Maya eso ahora no le importaba, no le iba a hacer sentir mejor. Habían roto sus últimas esperanzas en un segundo. No pensaba, no oía, no sentía. Únicamente se fijaba en esos ojos.


Sin decir nada salió del despacho avanzando automáticamente hacia la habitación 136 donde se encontraba su padre. No se fijó en la enfermera que le dijo que no podía andar sola por esos pasillos del hospital. Tampoco lo hizo en el hombre que buscaba el baño con una sonda enganchada del brazo, ni mucho menos en esos dos médicos que sacaban una bolsa de patatas  fritas de la máquina expendedora que se encontraba en el pasillo. Sólo pensaba, sólo veía el 136. 

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