lunes, 8 de diciembre de 2014

Otro día más - Relato

Como todo sábado, Luis llegaba exhausto de su partido de fútbol con amigos. Parece que no, pero en este tipo de acontecimientos se juega más fuerte que en la Champions League. Pegarle una buena patada a alguien cuando hay confianza es mucho más fácil a sabiendas de que todo se arreglará con una cerveza.

Pero ese sábado no habría cerveza. Ese sábado a Luis le tocaba cumplir como novio. Sara le había llamado y habían quedado para cenar. Mientras se tumbaba en el sofá hasta lograr que el corazón le volviese a palpitar con normalidad, el tabaco no lo estaba haciendo ningún bien, el sentimiento de agobio por verse nuevamente obligado a ver a su pareja aumentaba por momentos.

Ya sabía como funcionaba su propia cabeza. El desapego que sentía cuando pensaba que tenía que prepararse para verla solía ir disminuyendo a medida que pasaba tiempo con ella. Sin embargo, cada día este efecto tardaba más en producirse y Luis ya no conocía forma de disfrutar de «sus momentos especiales».


Tras una ducha caliente el ánimo pareció recuperar un poco de fuerza. Aparcó el coche cerca del restaurante. Uno de hamburguesas había sido la elección de «su chica».

«Bueno –pensó alicaído, vamos allá».

Como ya era rutina ella llegaba tarde. Luis no sabía para qué elegía siempre ella la hora si siempre le iba a hacer esperar por lo menos quince minutos. Eso sí, si él se retrasase su teléfono empezaría a echar humo.

Quince minutos, veinte, ella seguía ausente. Por fin, tras más de media hora sentado como un pelele en el banco de enfrente la vio aparecer en la distancia. Estaba subiendo las escaleras del parking sin señal alguna de prisa por su parte.

Sin siquiera mediar disculpa Sara le dio un beso y le hizo entrar. Decía que estaba hambrienta, pero eso no sirvió para que la mente de Luis no pensase que esta noche iba a volver a ser muy larga. Necesitaba un cambio.

Mientras esperaban sus hamburguesas Sara no paraba de hablar de cosas superfluas. A Luis le daba igual el color del que se hubiese pintado las uñas, que su camiseta pegase con su sombra de ojos o todas esas tonterías que le estaba contando. Todavía esperaba ese «Gracias cariño por haber quedado conmigo a pesar de que tenías otros planes». Esperaba el día en el que ella fuese capaz de cambiar ella algo para quedar con él, o por lo menos el momento en el que se diese cuenta y le agradeciese lo que muchas veces sacrificaba para estar con ella.

No iba a ser ese día.

El restaurante estaba a rebosar y ello conllevó el consecuente retraso en su comida. Ella no paraba de hablar. «Por Dios, calla ya o di algo con sentido». La esperaba se le estaba haciendo eterna. Anhelaba el momento en que llegase la hamburguesa y Sara le diese un mordisco. «Así estará por fin callada un rato y podré respirar».

La comida llegó. Desde luego el servicio no era uno de los puntos fuertes del lugar. Al menos el sabor arreglaría la noche.

Entonces ocurrió. Mientras Luis seguía escuchando a Sara vio como, sin esperarlo, una pequeña llama salía de sus fauces. Sus pequeños labios se estaban transformando en un arma de matar al tiempo que cuernos y alas aparecían en su figura.

¡Sara se estaba convirtiendo en un dragón! El miedo que habría tenido que experimentar Luis sucumbió bajo el pensamiento de que por fin algo de interés aparecía en su novia.

Los síntomas de adicción al chocolate que todos los días aparecían en ella se vieron multiplicados por cien. Ante la atónita mirada de los presentes, Sara emprendió el vuelo y se lanzó por el niño peligroso que hasta que vio el dragón se dedicaba a saborear su batido de oreo y chocolate como si no existiese mundo fuera de las puertas del local.

Lanzó al niño contra la cocina y empezó a saborear su pequeño placer. Luis no paraba de reírse. La escena era demasiado graciosa. ¿Vosotros sabéis lo que es ver a un dragón de dos metros y medio de largo agarrar una copa y sorber una pajita?

Sin razón alguna, Sara se giró y se acercó a su pareja. Le brindó la oportunidad de beber un poco de su trofeo. Era sorprendente que tras tanto tiempo juntos fuera por primera a raíz de su mutación cuando ella se preocupase un poco por él.  A pesar de que valoró el bonito gesto, un sentimiento de pesar no  pudo desaparecer del interior de Luis. Ella no le conocía. Sabía que no soportaba el dulce. Tuvo que rechazar el ofrecimiento.

La «mujer-dragón» no se tomó bien la respuesta. Y se lanzó con presteza a comerle a él también.

«¿Me escuchas cariño?» –preguntó Sara.

Entonces Luis salió de su imaginación y se dio cuenta que todo había sido producto del aburrimiento. Su relación con Sara no daba más de sí y él lo sabía. Sabía que tenía que acabar con ella.

«Claro mi vida» –contestó con voz neutra.


Hoy no sería el día.

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