jueves, 22 de enero de 2015

«La princesita y el bote de colacao» - Primera parte - Relato

Había una vez, en un pequeño castillo con vistas al mar, una pequeña princesita a la que únicamente le gustaba gastar su tiempo en dos cosas: quedarse durmiendo hasta tarde y tomar Colacao todas las mañanas.

Cierto día, amenizado por un espectáculo de nubes negras, deslumbrantes rayos y fuertes vientos que no presagiaban nada bueno, una pequeña gaviota graznaba pegada a la ventana de nuestra pequeña protagonista. Sus sonidos hicieron las veces de despertador provocando que la princesita abriese los ojos con gran esfuerzo, como si el sueño clavase sus párpados a su piel reteniéndola en el mundo que su cerebro creaba mientras permanecía dormida. Pequeña como era sus movimientos resultaban gráciles y amables. Primero estiró el brazo derecho y luego el izquierdo, al tiempo que con su mano diestra se apartaba unos pequeños mechones negros de la frente. Diría que estaba muy guapa a la luz de la mañana, pero es una princesa, y eso se les presupone, ¿no?



Cuando su espíritu consiguió abandonar por fin el mundo de los sueños para volver al de los problemas y obligaciones, nuestra niña se levantó de la cama y corrió presta hacia la despensa para buscar aquel polvo marrón que conseguía dibujar todas las mañanas una pequeña sonrisa en su rostro.

Sin embargo, esa mañana no iba a ser como acostumbraban a ser. Ni un solo grano de cacao quedaba en sus almacenes. Las reservas habían volado para dejar paso a tarros vacíos que en vez de sonrisas se encargaban de llenar de desesperación el rostro de la princesa. Por primera vez desde que tenía memoria no iba a poder disfrutar del pequeño manjar que todas las mañanas le animaba el paladar.

La noticia corrió con rapidez también fuera de las fronteras del castillo. Su alteza real, la pequeña princesita, se había quedado sin su comida favorita. ¿Cómo una niña tan buena iba a merecer tan cruel destino? ¿Y qué clase de pueblo eran si no intentaban solucionar sus problemas?



Todos los habitantes se reunieron esa tarde en la plaza central. Por suerte la lluvia había escampado, aunque ese detalle no consiguió rebajar ni un grado la gravedad de la situación. El bullicio provocado por el nerviosismo de los presentes hacía imposible el entenderse. Las soluciones nacían entre gritos, y entre gritos más estruendosos veían su fin. Cuando parecía que la reunión no iba a conseguir sacar nada en claro, una mujer de pelo moreno y nariz ganchuda dio un paso al frente y se colocó en el centro de la plaza. Todos la observaban estupefactos. Parecía que la serenidad había conseguido hacerse un hueco entre tanta excitación. La mujer decidió no desaprovechar las circunstancias y empezó a hablar en voz alta.




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