jueves, 5 de febrero de 2015

«La princesita y el bote de Colacao» - Tercera parte - Relato


PRIMERA PARTE

SEGUNDA PARTE

Un día, después de mucho tiempo, un anciano se acercó al castillo. Toc, toc, llamó a la puerta. El hombre mayor escuchaba como unos pasos que sonaban lentos y cansados se acercaban a las puertas de la fortaleza. Tras un fuerte chirrido la puerta se abrió y dejó a la vista, tras tanto tiempo, a la pequeña princesita. Ya no parecía ella. Estos meses sin felicidad habían hecho estragos en su aspecto. Parecía más mayor. Sus movimientos ya no contaban con la gentileza y bondad de antaño, al contrario, eran rudos y torpes. En su siempre bien cuidada melena negra ahora reinaban la imperfecciones.

El anciano no sabía que decir. Se había preparado un discurso acerca de porqué debería ser feliz y las razones por las que el Colacao no tendrían que ser tan importante en su vida, pero en vez de eso la abrazó. Hacía demasiado tiempo que nadie le daba una muestra de cariño a su majestad. Los ciudadanos habían pasado demasiado tiempo buscando una solución en vez de darle apoyo a quién más lo necesitaba.



Cuando se separaron, el abuelo le dijo que no tenía Colacao, y que probablemente nunca volvería a tenerlo, pero que había venido hasta aquí para ofrecerle su compañía. Resultó que era un experto en jugar al parchís y al ajedrez y que de joven trabajaba como cuenta-cuentos ambulante.

Nuestra pequeña princesita que se había quedado atónita por el abrazo se vio seducida por la tentación de una partida al parchís al tiempo que escuchaba viejas historias de magos y caballeros, de espadas mágicas y dragones. No lo dudó ni un instante antes de ofrecer a su nuevo amigo una bebida caliente.

El anciano abandonó el castillo a altas horas de la madrugada. Había dejado a la princesa en la cama durmiendo con una sonrisa en la boca por primera vez en mucho tiempo. Cuando nuestro inesperado héroe llegó hasta su humilde morada todo el pueblo estaba esperándolo dentro. ¿Qué había pasado? ¿Cómo estaba la princesa? Las preguntas que se sucedían sin tregua una tras otra.

No escatimó en detalles. Lo contó todo. Los abrazos, las partidas a los juegos de mesa y las nuevas sonrisas que parecían haberse esculpido en la cara de la princesa. Todo el mundo escuchaba con atención, y el alba casi despuntaba por el horizonte cuando la multitud abandonó la casa del anciano y este pudo retirarse a dormir.

A la mañana siguiente se despertó con la idea de volver al castillo y seguir jugando con la princesita. No tenía claro quién de los dos había disfrutado más ayer, pero él se sentía totalmente rejuvenecido.

Cuando llegó hasta la puerta del castillo se sorprendió debido a los fuertes sonidos que se escuchaban procedentes del interior. ¿Era eso gente cantando? Su sorpresa fue aún mayor cuando tras llamar a la puerta fue el panadero el que le dio la bienvenida.

Tras ello, ya no le sorprendió ver a todo el pueblo dentro. Jugando, cantando y cuidando de la princesita. Por primera vez todos habían entendido lo realmente importante. 

Y es que, por fin, su majestad se había convertido en familia. Por fin la familia había dado paso a la amistad, y con ello, por fin, la corona había dado paso a la niña.

FIN


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