domingo, 12 de abril de 2015

Nostalgia e ilusión

Estos días estoy rememorando mis años de infancia, y es que gracias a que se me rompió el ordenador, y que tuve que vender mi iPhone para poder pagar otro, volví a coger un móvil con sistema operativo Android. Hasta aquí nada parece normal. Y no, desde luego no es Android lo que pone melancólico.

Lo primero que hice cuando activé el móvil, bueno vale, lo primero no, primero bajé WhatsApp, Twitter, Spotify… y todas estas aplicaciones que son imprescindibles en nuestro día a día, pero después de eso bajé un emulador de Game Boy Color con una ROM del Pokémon Cristal. La verdad es que apenas he jugado porque el tiempo, como ya sabéis, brilla por su ausencia, por lo menos en mi vida, pero en algún rato muerto que he logrado escaparme sí que he aprovechado. Mira que tengo alguna que otra consola y que el tiempo que pasa entre un día de juego y otro es muy extenso, sin embargo, este juego adaptado a la pantalla de mi smartphone está haciendo que vuelva a sentir esas ganas, ese enganche que no experimentaba por ningún juego desde hace muchos años. Que fuerte es el poder de la nostalgia, ¿verdad? ¿Cuántas cosas seguimos haciéndolas simplemente porque las hacíamos de pequeños? Tanto tag que hay en la bloggosfera y ninguno relativo a esto. Muy mal eh.




Si consultamos la Real Academia Española (RAE), la primera definición que tenemos de esta palabra es: «Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.» Sin embargo, por mucha consideración que tenga a estos monstruos me han acompañado durante muchas horas de mi vida, dista mucho el sentimiento de ser de amistad, aunque quién sabe, estoy seguro que cuando éramos tan jóvenes, y pasábamos horas que se contaban por días pegados a la pantalla, tal vez sí que los llegásemos a considerar algo más que simple programación. En segundo lugar encontramos otra definición, esta vez mucho más apropiada para la ocasión: «Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.». Cuando echamos la vista hacia atrás y recordamos esos años perdidos de infancia todos experimentamos un sentimiento que mezcla el pesar y la añoranza. Esos sentimientos que solo se pueden tener cuando se es un niño, los hemos perdido a medida que el tiempo ha ido avanzando por ese cauce en el que la corriente hace imposible dar la vuelta.

¿Qué es lo que vosotros echáis más de menos de esos años? Yo lo tengo mi claro: la ilusión y la imaginación. Si el otro día os hablaba en una entrada de que matando el aburrimiento estábamos destruyendo la imaginación, en esta vengo a deciros que la ilusión va cediendo ante el paso de los años. Y esto es así. Echo mucho en falta la capacidad que tenía de ilusionarme por las cosas cuando tenía, no sé, 7 u 8 años. Con esa edad éramos capaces de aguantar despiertos toda una noche esperando a los regalos de Navidad. En fechas específicas podíamos estar contando las horas que faltaban para que saliese a la venta un videojuego, un libro o se estrenase una película que llevábamos meses esperando. 



No estoy diciendo que ya no tenga ilusión por las cosas. Para nada. Tengo muchísima, pero es obvio que en ciertos aspectos esta decae un poco. Por eso creo que tenemos que trabajar la ilusión todos los días de nuestra vida. Porque el mundo que nos rodea está lleno de malas noticias, de presiones y de elevadas cantidades de estrés que pueden amargarnos la existencia. Da igual. Siempre que hay que concentrarse en esas tres, dos… o en esa única cosa buena que sucede en el día para poder seguir adelante, porque todos los días merecen la pena. Todos los días tienen algo que nos puede dar usa pizca de ilusión que nos haga pensar que han sido unas buenas veinticuatro horas. A lo mejor te cuesta encontrarlas, a lo mejor piensas que no es que te cueste, sino que realmente no ha habido nada que haya merecido la pena. Te equivocas. Sigue buscando. Puede ser ese chiste que le has hecho a un compañero y por el que ha sonreído una milésima de segundo; puede ser ese abrazo que le has dado a alguien que quieres simplemente porque te apetecía hacerlo. Pueden ser muchas cosas y no tienen que ser grandes. Es en las pequeñas donde tenemos anclada la felicidad. Hay que trabajar esta ilusión. Tenemos que intentar seguir teniendo ese niño interior que se ilusiona por cualquier cosa. Cocina tu comida favorita, ponte esa serie que tanto te gusta, coge a tu perro y dale una sesión de mimos. Te lo va a agradecer, y tú también lo vas a hacer.

Algo que solía hacer yo, y que aún hago en determinadas ocasiones era que, al irme a dormir, siempre intentaba hacer un repaso al día. En dicha operación identificaba tres cosas buenas que me hubiesen pasado y tres cosas que podría mejorar. Suena a tontería, lo sé, pero a mí siempre me ha ayudado a pensar que las últimas horas en las que he estado vivo han merecido la pena. No hay nada mejor que despertarse con una sonrisa en los labios.

Además, la ilusión se contagia. Si el mundo te ve ilusionado por todo lo que haces podrás conseguir transmitir ese sentimiento. No hay nada que se pegue más rápido que las emociones. Si desprendes energía positiva conseguirás que la gente que interactúe contigo tenga que hacer un hueco en su corazón a ese sentimiento. Lo mismo pasa con la energía negativa. Así que ya sabes lo que te toca hacer.

Para acabar, me gustaría pedir a todos los que leáis esta entrada que hoy hagáis una buena acción. La que queráis, porque creo que si gastásemos más tiempo en ayudarnos y en fijarnos en los pequeños detalles, el mundo sería un lugar mejor para vivir.

Recordemos con nostalgia no solo los momentos en los que fuimos totalmente felices, sino también aquellos en los que hicimos que otros lo fueran.




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