lunes, 18 de mayo de 2015

«El hombre del esmoquin» - Tercera parte


Continuaron su paseo, juntos, un Jack que daba signos de necesitar un bastón para caminar y un hombre cuyos rastros empezaban a hacer competencia a los del propio diablo. Llegaron a un puesto. Este estaba vacío y frío. Al mirarlo Jack cayó de rodillas al suelo. Su pecho le dolía y su respiración era demasiado acompasada.

Su vista, desgastada por el paso de los años, no pudo ver como el hombre del esmoquin remangaba su chaqueta, ni como sus uñas crecieron, ni tampoco pudo escuchar el grito que llenó el aire cuando extrajo su corazón.

El cuerpo sin vida de Jack yació en el suelo. No por mucho tiempo. Las garras del demonio pronto tocaron su cabeza y, poco a poco, piel, órganos, y el poco pelo que le quedaba se convirtieron en cenizas.






Con mucha calma el hombre del esmoquin envainó sus garras. Se colocó el traje como si fuese a una boda y posó la vida en el horizonte. Miraba con mucha atención su nuevo corazón. A pesar de que el cuerpo de Jack había envejecido, este se mantenía con la fortaleza y el vigor del de aquellos niños cuya única preocupación es correr, saltar y divertirse.

Con delicadeza, posó el corazón sobre el pebetero del puesto. La llama se encendió rápidamente. Un amplio letrero mostraba la inscripción «Parque sin tiempo».

Tras contemplar la llama y la inscripción durante varios segundos, el hombre del esmoquin sacó una navaja de su bolsillo. Se acercó lentamente hasta una pequeña puerta al fondo del sitio. La abrió y una oscura habitación, únicamente alumbrada con una llama, apareció. No había muebles, no había nada para sentarse. Lo único que la vista alcanzaba a distinguir eran marcas hechas en la pared. Navaja en mano, el ser se acercó hasta la misma, al punto donde el rastro terminaba y, sonriendo, dibujo una nueva.

«Tres millones quinientos veintitres mil ya, aún no es suficiente»—bramó la voz de un hombre que no era hombre, de un ser que no era ser, que solo podía ser demonio.




FIN



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