martes, 2 de junio de 2015

Modelándose a uno mismo

A veces leo y me pregunto qué es lo que estaba sintiendo el autor cuando estaba dando a luz a sus páginas. También me pasa mientras escucho música. ¿Qué se le pasaría por la mente a ese grupo, o a ese cantante, cuando estaba componiendo? ¿Estaría sintiendo lo que estaba tocando? ¿Eran las palabras escritas en ese folio los sentimientos que poco a poco iban resbalando sobre la piel del escritor como si se tratasen de meras gotas de sudor? Otra cosa no tendré clara, pero estoy seguro de que de sudor están construidas las mejores historias.


Habitualmente me pongo delante de un folio en blanco y no sé como llenarlo. Las ideas recorren cada parte de mi mente pero algo, no sé exactamente qué, las obstaculiza en su viaje hasta los dedos de mis manos. Da lo mismo. Lo intentas forzar. Aprietas el cerebro, quieres que avancen empujando cualquier objeto que impida su desplazamiento. Lo que no sabes es que a medida que los golpean van a ir soltando pequeños trocitos de ellas mismas y que, cuando por fin consigues dejarlas escapar ni siquiera son la sombra de lo que pensabas que serían.

Sin embargo, esto da igual. Lo has vuelto a conseguir, has vuelto a llenar ese gran enemigo que tenías delante. El negro vuelve a manchar el fondo blanco del folio que tienes ante tus ojos. Puede que no sea bueno. Es posible que no te convenza, pero es tuyo. Y que no te engañe nadie, todo lo que acabas de hacer es un éxito. ¿Y sabes por qué? Porque aunque parte de esas ideas hayan desaparecido allanando el camino, este nuevo paso tranquilo podrá ser utilizado por todas esas ocurrencias que vienen detrás.

Tu mente es como el torrente que nace en primavera tras un proceso de deshielo. Una vez empieza a fluir no vas a poder detenerlo hasta que esté completamente vacío. Y si tienes suerte, y sobre todo, si lo cuidas como es debido, es posible que ese movimiento dure todo el tiempo que quieras.

Aunque a lo mejor el problema no es como fluye la magia de tu mente hasta el papel. A lo mejor el problema es que todavía no sabes cuál es ese torrente. O quizás sí lo conozcas pero todavía no has trazado el mapa de ruta necesario para encontrarlo siempre que quieras.

Hay muchos caminos para encontrarlo. Algunos son afortunados y consiguen hacer su viaje mecidos por el suave balanceo de la corriente de un manso río. La mayoría no tiene tanta suerte. Lo normal es que los rápidos, los giros bruscos y los paisajes escarpados acompañen a tu aventura.



Yo elegí el segundo camino. ¿Hasta donde estarías dispuesto a ceder tú? El trayecto me es peligroso. Muchas malas ideas acechan tras cada esquina. Recuerdos e imágenes que no quiero volver a plasmar, experiencias que me gustaría olvidar, pero que sé que si algún día guardo en un cajón y tiro la llave, no tardaré en estar perdido de nuevo.

Mi torrente son los malos días, el dolor de épocas pasadas y cada gota de tristeza que recorre mi cuerpo. Menos mal que poco a poco estoy dejando que pequeños rayos de sol consigan penetrar y ayudarme a buscar otra vez.

Desde aquí, un mal día, y un servidor os saludan.


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