jueves, 11 de junio de 2015

«Perdido entre ofertas» - Parte 1

Sin saber por qué, Fernando se despertó muy desorientado. «¿Dónde demonios estoy?», se preguntaba mientras se incorporaba. Cuando miró en derredor se dio cuenta de que todo era más grande de lo normal. Pero, pese al tamaño de los objetos que le rodeaban, pudo identificar el lugar en el que se encontraba. «Parece una tienda de ropa, pero todo es gigante» pensó, dando sus primeros pasos.

Al desconcierto inicial le siguió una breve sensación de temor. Se planteó, por primera vez desde que había abierto los ojos, qué era lo que podía hacer para salir de ese rincón. «Lo mejor será investigar», concluyo mientras observaba todo lo que encontraba a su paso.




Fernando siempre había sido curioso por naturaleza. Desde bien pequeño nunca pudo resistirse a un misterio. «Todo tiene solución», solía decirle su madre cuando se encontraba con algún ejercicio de clase que no podía resolver. «Solo tienes que persistir en ello». Y así, poco a poco, se volvió un maniaco del misterio. Se perdía en libros con enigmas. Cada vez que algún conocido tenía un problema, era el primero que acudía a ayudarle. E incluso, una vez, intentó entrometerse en una investigación policial sobre un objeto que había desaparecido. Sin embargo, eso le había acarreado más problemas que beneficios. Las autoridades no llevaron muy bien que alguien totalmente ajeno a ellos intentase orientarles en el camino del éxito. A Fernando le quedó muy claro todo ello la noche que pasó en el calabozo.

Recordó otras de las palabras que siempre le habían repetido cuando estudiaba. «Lo primero que tienes que hacer, con cualquier problema que se te presente, es observar todo lo que tienes a tu alrededor. Si no conoces el terreno en el que te mueves, nunca serás capaz de descubrir las pistas que este te presenta». Por ello, lo primero que hizo fue perderse por los diferentes pasillos de la tienda.

La primera zona por la que caminó estaba dedicada a camisetas y vestidos de verano. Parecía que este año el blanco y las flores estaban a la moda. «El blanco es el nuevo azul», recordó; «quizás paso demasiado tiempo con mi novia de compras…». Siguió caminando recto, pero desplazarse de un sector a otro del establecimiento le llevaba mucho tiempo. Pensadlo. Si ya acabáis agotados cuando pasáis un día entero comprando, imaginad que en vez de avanzar la cantidad de espacio a la que estáis acostumbrados, os movieseis con un cuerpo del tamaño de la palma de una mano. Era un ejercicio que dejaría exhausto al mejor de los atletas.

Por ello, cuando Fernando alcanzó la sección de los biquinis tuvo que tomarse un momento para recuperar el aliento. Entre resuello y resuello descubrió un espejo a pocos pasos. Velozmente se acercó a él para mirarse. Físicamente parecía que nada había cambiado. Su pelo castaño oscuro, en el que unas pocas canas empezaban a aflorar, a pesar de su corta edad, aparentaba normalidad. Lo único que le extrañó fue que su rebelde remolino de la coronilla parecía totalmente domado, algo poco habitual. Su ropa sí que era algo más extraña. Vestía con una camiseta de color amarillo fluorescente. Siempre había querido tener una así, pero nunca se había atrevido a causa del qué dirán, la cual iba totalmente conjuntada con sus pantalones vaqueros de color azul oscuro.

Observó las prendas de baño y se fijó en uno de color coral. Recordaba a su novia con uno parecido. Siempre había pensado que ese color le quedaba muy bien, pero nada más lejos de la realidad. Su pálida piel no lograba contrastar con el color del bañador y conseguir así el efecto óptimo, aún así, «te queda muy bien, cariño», habían sido las palabras que había usado Fernando cuando su pareja se lo había enseñado. Ya llevaba más de tres horas de desesperación en el centro comercial, era una mentira piadosa para salir antes. Cualquiera se la hubiese podido perdonar.

Cuando se aproximaba al área de las rebecas un suave sonido metálico captó su atención. Era algo parecido al «taca, taca, tacaca». Asustado, miró en todas las direcciones posibles, pero las alta maleza compuesta por prendas de ropa le impedía ver mucho más allá. Pero al mirar atrás descubrió una pequeña mesa-escritorio. «Desde ella podré ver de dónde proviene ese sonido», se dijo para sí mismo. Llevaba tanto tiempo ya vagando por esos pasillos que empezó, inconscientemente, a hablarse en voz alta. Trepó por el escritorio gracias a los pomos de los cajones.

Sin mucho esfuerzo, y gratamente sorprendido por sus habilidades para la escalada, desconocidas por él mismo hasta ahora, logró alcanzar la cima. En ella pudo observar la caja registradora. Por un momento se planteó la opción de abrirla y llevarse todo lo que contuviese, pero el hecho de no contar ni con la llave, ni con nada similar para intentar forzarla, hicieron que desistiese de ese pensamiento y se subiese encima de ella.


Se le cayó el alma a los pies. Desde la altura, relativa, que le daba estar situado encima de la caja registradora, pudo observar como una mujer, perdón, una gran mujer, cuyo tamaño podría ser cincuenta veces el de Fernando, acababa de abrir la puerta y caminaba, a pasos agigantados hacia dónde él mismo se encontraba.

Parte 2 -> Enlace

2 comentarios:

  1. ¡Hola! Quería avisarte que he nominado tu genial blog a los Liebster Awards. Pásate por aquí http://unknownsland.blogspot.com/2015/06/liebster-awards.html :)

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    1. Muchas gracias, Sofía. Claro que me pasaré y lo haré.

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