lunes, 20 de julio de 2015

«Cuando la luna esté llena» - Primera parte




Érase una vez, en una calurosa noche de verano, un niño y una niña que caminaban juntos sin darse la mano. No sabría decir cuál era su edad, pero lo que estaba claro es que habían llegado a aquella en la que el sexo opuesto empieza a llamarte la atención. Desde hacía unos meses se miraban el uno al otro, sin quererlo y sin evitarlo. Se reían de cosas que no tenían gracias, simplemente porque era él o ella quien las contaba, y se ponían a imaginar qué pasaría si un día se diesen un beso, aunque esto nunca se lo contaban.

¿Un beso? Eso que tanto repelús le había dado siempre al chico aparecía en su cabeza como algo mágico. Mientras que la chica, soñadora desde que tiene conciencia, tenía miedo que tras tanto imaginárselo al final quedase decepcionada.


Aquella noche, como todas las que llevaban de vacaciones, habían quedado juntos. Nunca pensaban de antemano qué hacer, simplemente dejaban que fuese el viento el que les guiase. Aquel día soplaba en sentido oeste, lo que hizo que acabasen yendo a tomarse un helado.

Es curioso lo que uno es capaz de hacer por gustar a otra persona. Ese niño al que nunca le habían gustado los helados compró uno solo porque a ella le apetecía tomárselo. No quería arriesgarse, ni por un momento, a perderse la sonrisa que se dibujaba en los labios de la chica cuando degustaba su tarrina de sabor Kínder y se le manchaban las comisuras de los labios con los restos que se le habían escapado de la cucharilla.

Ella nunca se los acababa. La conocía tan bien que sabía que cuando la cuarta cucharada llegase a sus labios lo único que haría con aquel manjar sería darle vueltas hasta convertirlo en una masa compacta. Entonces se lo ofrecería a él. Normalmente cuando compraban helados siempre había alguien con ellos y así él tenía un modo de no comérselo, pero esa vez no. Así que tuvo que hacer de tripas corazón, cerrar los agujeros de la nariz, y comerse rápidamente aquello, saboreándolo lo mínimo posible. Incluso con ese método la tarea le resultó muy dura, por lo que acabó aprovechando un descuido de la chica para tirar el recipiente y lo que quedaba dentro en una papelera que se cruzaron mientras caminaban.



Después de caminar un poco y de quitarse el sabor a helado con el agua de una fuente, el niño volvía a sentirse a gusto con ella. La agarró del brazo y tiró de ella para llegar al césped donde les encantaba tumbarse.

Se tumbaron y empezaron a hablar del futuro. «¿Qué carrera elegirían cuando fueran mayores?» «¿Cuándo se crece se tiene que dejar de soñar?» «La mejor forma para pedir cualquier cosa es sonreír mucho».

El niño tenía la manía, desde que era mucho más pequeño, de arrancar trocitos de césped cuando se sentaba sobre él. Después empezaba a doblarlo todo lo que podía para poder partirlo en los trocitos más pequeños que pudiese conseguir. Entonces se los lanzaba a la niña a la cara solo para que se enfadase un poco con él y así poder reírse de ella.

—No arranques el césped —le dijo la chica—, es un ser vivo—.

A partir de ahí el chico dejó de arrancarlo. No lo había pensado nunca, pero era verdad.

Se quedaron un rato callados mirando el cielo. Se les oía respirar un poco nerviosos. Estaban creciendo y no sabían qué iba a suponer en su relación. Entonces el chico miró a la chica para hacer alguno de sus chistes y vio como estaba tirando de las hojas del césped.

—¡Oye! —exclamó el chico — ¿No me has dicho que eso no se hacía?


—¡Ah! —contestó la chica entre carcajadas —¡Era broma!


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