viernes, 24 de julio de 2015

«Cuando la Luna esté llena» - Segunda parte

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El niño tiró de una pequeña florecita que estaba creciendo y se lo lanzó a la niña, esta lo esquivó en el último momento sin parar de reírse y contestó con su misma medicina. Lo que pasa es que la puntería no era una de los dones con el que la naturaleza la hubiese bendecido, por lo que falló la mayor parte de sus intentos, mientras que el niño actuaba con mucha más precisión.

Al poco tiempo estaban cansados de moverse tanto y de no parar de sonreír. Las florecitas se estaban acabando del campo en el que estaban y les costaba conseguir munición para su batalla. Ambos vieron la última que quedaba al mismo tiempo y se lanzaron rápido a por ella.

Cuando los dos la agarraron sucedió algo muy bonito, pero extremadamente raro para ellos. Sus manos se tocaron. No era la primera vez que lo hacían, pero sí que significaba algo. Un escalofrío recorrió sus cuerpos y una sensación de bienestar se instaló en su cerebro. En lugar de apartarlas rápidamente, los dedos de una empezaron a bailar sobre las de la otra, mientras sus miradas empezaban a buscarse.


La niña, muy vergonzosa ella, aparató la mirada. Le daba vergüenza contactar visualmente con él. Se sentía intimidada por los ojos del chico. Él no lo entendía, lo único que pensó era que aquel momento mágico ya había terminado, y se resignó a volver a tirarse sobre la mullida cama de césped. La chica hizo lo propio a su lado y comenzaron a mirar la Luna.

—Hay Luna llena —dijo la chica mientras la señalaba — ¿Has visto que preciosa está?

— No está llena, tonta —contestó el chico con ese aire repipi de los niños que sacan muy buenas notas y que se creen que lo saben todo — le falta un trocito a la izquierda. Está decreciente.

—No es decreciente, es creciente. Acuérdate, la Luna siempre miente —replicó la niña.

—¿Cuántos días crees que quedan para que esté entera? — le preguntó el chico.

— Como mucho dos. El trozo que le falta es más pequeño que mi uña —contestó la chica.





Volvían a estar cómodos y sus manos volvieron a buscarse. Esta vez no se separaron tan fácilmente. Se volvieron a mirar a los ojos, pero la chica esta vez fue capaz de aguantar su mirada al mismo tiempo que con la mano libre le revolvía el remolino que siempre tenía en la frente. Poco a poco fueron acercándose el uno al otro, buscando ese primer beso joven que tan mágico parece y que siempre recordamos. Pero cuando sus labios estaban a punto de tocarse, la niña retiró su cabeza.

—Cuando la Luna esté llena —dijo esbozando una sonrisa—. Que sea algo totalmente mágico.

El niño sonrío y miró sus ojos directamente otra vez.  Besó su frente e hizo que se sentara. Entonces la abrazó durante un momento que a los dos les pareció eterno.

A veces un abrazo puede significar mucho más que un beso. Ellos lo descubrieron aquella noche. ¿Por qué tenían tanta prisa por dejar de ser niños si aquello era precisamente lo que les gustaba del otro?


FIN

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