viernes, 31 de julio de 2015

«El cuento de una estrella fugaz» - Relato

Hoy os traigo un relato que escribí el día después de tener un pequeño problema con el coche. Nada grave. Espero que os guste.

CUENTO DE UNA ESTRELLA FUGAZ



Las carreteras están llenas de soñadores. Solitarios, parejas o grupos de personas que circulan en busca de otros mundos, nuevas emociones, o sentimientos de nostalgia. No todos aquellos que piden deseos son iguales. Algunos buscan sus objetivos cantando y bailando, otros juegan al veo-veo, mientras que los más aburridos escuchan programas de radio. Ciertos conductores son afortunados y siempre van acompañados de un copiloto que habla y ríe. Que entona todas las estrofas y que incluso se llega a enfadar si este no le sigue. Sin embargo, muchos solo duermen.

Ellos eran de los que cantaban y reían, de los que no se dormían y hacían el tonto. Carolina sonaba por los altavoces del vehículo con un volumen que ningún otorrinolaringólogo hubiese recomendado nunca. Poco a poco se iban animando, para terminar cantando el estribillo con tanta emoción que hubiese desgarrado los tímpanos de más de uno. La calidad era otra historia.

Justo en ese momento sintieron un fuerte golpe que detuvo el vehículo. Se miraron en estado de shock. Parecía que no les había pasado nada. ¿Cómo habían terminado en una carretera tan vacía? El coche se balanceaba de un lado para otro, así que salieron a mirar.

Las dos ruedas delanteras estaban atascadas en una zanja. Al principio no sabían qué hacer. Nunca habían tenido ningún problema conduciendo. Estaban muy nerviosos. Su primer impulso fue intentar sacar el coche del agujero. Para ello abrieron el maletero y empezaron a tirar. No dio resultado. Lo siguiente que intentaron fue abrir las puertas delanteras y embestir el vehículo desde esa posición. Tampoco. Estaban encallados.



Miraron alrededor. Tendrían que entrar en el coche y buscar el número de la grúa. Juan, que así se llamaba el protagonista, abrió la guantera y sacó unos papeles. Llamó al número de seguro y aguardó impaciente a que alguien contestara. Pasaría más de una hora hasta que hubiese llegado. Cuando se volvió para mirar a Elisa un brillo les cegó.

Avanzaba desde el cielo a gran velocidad. Era una mezcla de luces amarillas y rojas. Aunque al principio parecía minúsculo, conforme se iba acercando alcanzó el tamaño de un balón de fútbol. Por un momento sintieron pánico. Eso tan grande y tan rápido se acercaba peligrosamente hacia ellos. Sin embargo, en el momento que parecía que iba a impactar se detuvo.

— ¡Hola! Puede que no sepáis que soy, pero soy vuestra estrella fugaz de la guarda —dijo aquella bola de fuego que había desarrollado ojos y boca—. Los humanos no lo sabéis, pero cada vez que os enamoráis aparece una de nosotras que se encarga velar porque todo vaya bien. Hoy estáis en problemas, así que he venido a resolverlos.

— El golpe ha sido más grande de lo que pensaba —contestó Juan mientras se daba ligeros toques en la cabeza—. Sentémonos y esperemos a la grúa, Elisa.

— Aguarda un segundo, déjale hablar. Si total, van a tardar mucho en encontrarnos. No sabemos ni donde estamos, y que sea de noche no nos ayuda —dijo Elisa.

— Buena idea —contestó la estrella—. Así funcionan la cosas. Puedo cumplir un deseo que me pidáis. Cuando lo haga me descompondré y mi misión habrá terminado. Pensad tranquilamente que queréis, porque solo tenéis una oportunidad.

— Que venga rápido la grúa —contestó Juan sin meditarlo—. Así podemos continuar el viaje.

— Piénsalo más. Eso no depende de mí, sino de las carreteras —replicó la estrella—. ¿Qué es lo que más te apetecería ahora mismo?



Juan y Elisa lo pensaron. Sabían que iban a tener que estar ahí sentados mucho tiempo, por lo que lo mejor sería buscar algo que hacer. Después de las largas jornadas de trabajo que habían tenido en los últimos meses, el objetivo del viaje era poder descansar y estar todo el rato juntos, sin pensar en nada más, como si el mundo fuesen solo ellos.

— Queremos una toalla, un poco de calor y poder tumbarnos hasta que lleguen a rescatarnos — contestó Elisa —. Solo queremos empezar a disfrutar nuestro viaje.

Con una mirada Juan le informó de que estaba de acuerdo con su petición. ¿Para qué amargarse si podían estar juntos?

La estrella empezó a brillar y a descomponerse poco a poco. Un gran rayo de luz les volvió a cegar por un instante y, cuando recuperaron el sentido, descubrieron una toalla verde y azul estirada al lado del coche, calentada por una pequeña estufa.

Se tumbaron en ella y se abrazaron. Miraron las estrellas. Acababan de conocer a una estrella fugaz. A pesar del accidente se creían las personas más afortunadas del universo. Estaban ahí, juntos, sin nadie más, y habían tenido una experiencia única.



Juan giró la cabeza y besó a Elisa. Pronto empezaron a acariciarse y a buscarse, intentando encontrar un mundo mejor que el que conocían. Durante ese tiempo, no pararon de sonreír ni un momento.

A la mañana siguiente la policía y la ambulancia llegó al lugar del accidente. Un motorista que había pasado por su carretera al despuntar el alba había informado del siniestro que había tenido lugar. Un coche había perdido el control y como consecuencia terminó golpeándose con un muro, con tal mala suerte de que la rueda derecha se metió en un agujero haciendo volcar al vehículo. Todas las autoridades médicas trabajaban sin descanso para sacar a los ocupantes.

La escena era horrible, salvo por un detalle. Dentro del coche descansaban los cuerpos sin vida de dos jóvenes. Pero en ellos no se veía miedo o tristeza. Estaban abrazados, con los labios muy cerca, esbozando una sonrisas que denotaban una gran felicidad interna. A partir de ahora el tiempo era solo suyo.





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