lunes, 27 de julio de 2015

«Reconstruyendo tu destrucción» - Relato concurso #NosDueleATodos

Hace un par de meses os hablaba de un concurso en el que estaba inscrito. Su nombre era «#NosDueleATodos» y su motivo era la lucha contra la violencia de género. Su promotor era la Mutua Madrileña. 



Una de las formas de participación consistía en escribir un relato, y así lo hice.

Hace dos semanas se publicaron los ganadores. Por desgracia yo no he salido elegido, pero eso no quita que me sienta orgulloso del relato que realicé. Así que os lo dejo por aquí.

***


Reconstruyendo tu destrucción



Llegaba cuando menos te lo esperabas. En esta ocasión la situación me encontró encerrado en mi habitación, rodeado de apuntes y libros que, una vez más, intentaría utilizar como coraza.

Siempre deseaba que fuese la última vez. Que él se cansara y se fuese por la puerta, bien lejos, o que ella, por fin, intentase ponerle remedio. Sin embargo, la mayoría de las veces, las cosas no salen como queremos.

El primer grito me secuestró de mis libros. Me privó de la concentración que todas las tardes tenía que acumular para intentar sacar el curso adelante. Cada vez, los insultos y las acusaciones aparecían con más frecuencia, y ante ello, mi cerebro iba dejando poco espacio libre para la felicidad y para las aspiraciones, a medida que iban asentándose en él los sentimientos de sufrimiento y angustia.

Como siempre, yo intentaba seguir leyendo, intentando comprender qué decían esas letras que tenía delante. Fabricarme una armadura de pensamientos que me transportasen a otro mundo. Pero como solía pasar, estas dejaban de tener sentido para mí. No eran más que simples garabatos colocados uno detrás de otro, sin ningún significado aparente.


Las voces, o la voz mejor dicho, aumentaba su volumen. Como si se tratase de un imán y yo de un simple trozo de metal, me sentía más atraído por él a cada sonido que llegaba a mis oídos. Me levanté y me acerqué hasta la puerta. La abrí con mucho cuidado, no quería que se enterase de que estaba escuchando. ¿Cobardía? ¿Miedo? No sabría como explicarlo. Lo único que puedo decir es que tenía una necesidad, prácticamente vital, de conocer qué era lo que estaba pasando en mi hogar, por llamarlo de alguna manera.

¿Cuántas veces había estado en esa posición? ¿Cuántas veces había posado la mano en el pomo de la puerta con tal cuidado que parecía que estaba acariciando a un amante? Demasiadas veces. Siempre aguardaba en esa posición el tiempo suficiente para que la angustia recorriese todo mi cuerpo y llegase hasta el cuello, donde con su fiel aliado, el pánico, se divertía formando nudos en mi garganta. Ese cordón que por mucho que apretase mis vías respiratorias nunca era lo suficientemente fuerte para mantenerme alegado de aquella escena, o quizás es que yo mismo no era demasiado inteligente.

Ojos que no ven corazón que no siente suelen decir, lástima que a veces las imágenes que forma nuestra imaginación son mucho más duras que cualquiera que pudiera captar nuestra mirada.

Tras quitarme los zapatos me senté en el primer escalón de la escalera. Desde allí podía escuchar cada una de las palabras que salían de sus bocas sin ningún peligro de que me vieran.

Las acusaciones, los insultos, y las mentiras que mi padre le lanzaba a mi madre eran como dardos recubiertos de un veneno que solo podía estar formado por el más profundo de los rencores. Pero, ¿de dónde provenía ese sentimiento? Yo lo sabía, y por desgracia, ella también. No era más que la que se había instalado en su pecho por echar a perder a su familia. Por irse con otra persona y no poder para de mentir. Ella lo había descubierto, y lo único que él hacía era contestar que estaba loca, a lo que siempre seguía una ristra de insultos y acusaciones cuyo fundamento desaparecía incluso antes de abandonar sus labios.



Parecía que su respuesta le daba más fuerza. Los sollozos de mi madre eran la única contestación que él obtenía. Con cada uno de ellos un mayor valor acudía a su pecho. Era el valor de la cobardía, ese sentimiento con el que te engañas a ti mismo, ese que al principio cuesta aceptar, pero que es lo único que puede justificar tu actuación. Por lo que te agarras a él hasta que al final te lo acabas creyendo, hasta que se convierte en parte de ti. Hasta que te vendes como persona para no convertirte en más que un animal.

Si cada una de las palabras de mi padre me provocaba un profundo daño en el pecho, cada una de las lágrimas que oía a mi madre soltar me perforaba el corazón. No lo pude soportar. Tuve que subir. Por primera vez en dos años había vuelto a tener la valentía de decirle a mi padre lo que pensaba. Por primera vez desde que había sido testigo de esa primera agresión, y me había convertido en espectador de cómo ese ser, al que solía llamar «papá», había empezado a demoler a esa persona que tanto le había querido, que le había seguido con fe ciega a cualquier parte. 

Ese día que pagaste toda tu ira contra mí, que me echaste la culpa de todos tus fracasos, y que hasta me pegaste cuando te diste cuenta de todos tus errores, ese día, te dije que un día ella te dejaría y que conseguiría ser feliz. Me contestaste que nunca pasaría. Que ella seguiría siempre contigo y que al que dejaría de ver sería a mí.

Tras dos años volví a subir las escaleras. Te podría decir lo mismo otra vez, pero esta vez solo te dije una cosa. «Vete, a nadie le importa lo que dices, así seríamos felices». Te volviste a poner delante mí, a amenazarme y a empujarme, pero desde el momento en el que decidí subir ese escalón, ya no pudiste hacerme ningún daño.



Ha pasado otro año. Ella sigue destrozada por dentro, intentando reconstruir los pequeños pedacitos que dejaste de ella. Te llevaste su amor propio y su confianza en sí misma, sus ganas de vivir y sus ganas de soñar. Aun así, desde que te has ido, cada día da un pasito hacia delante. Aunque ella no sé dé cuenta, cada día está reuniendo un poquito de ese pegamento que volverán a unir los fragmentos de esa persona que tú te encargaste de destruir y esconder lejos de su alcance. Y será fuerte, mucho más fuerte.

En cuanto a mí. Tu hueco me destrozó por dentro. Es demasiado duro el paso de héroe a villano. Las pesadillas siguen acudiendo a mí por las noches, reviviendo todas y cado uno de los empujones y palabras que te encargaste de marcar a fuego en nuestras memorias.

Pero el cerebro se está vaciando. Cada vez menos restos de tu presencia quedan anclados a sus paredes, y, poco a poco, ese pequeño rayo de luz está entrando acompañado de la más pura de las felicidades, un sentimiento que te encargaste de robarme el tiempo que estuviste aquí. Una emoción que no pienso dejar que vuelvan a arrebatarme.






2 comentarios:

  1. Me gustó Carmelo lo que escribiste en esta entrada!

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    1. Muchas gracias. Creo que es un texto que tiene mucho sentimiento.

      Saludos ^^.

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