jueves, 3 de septiembre de 2015

«El deseo de las dos caras» — Relato



Esta es Maya. 

Maya era una estudiante universitaria. Era de esas alumnas a las que los exámenes les hacen temblar las piernas y les provocan ganas de llorar. De esas que se sientan en su silla con la pila de folios y cuatro colores distintos para subrayar los apuntes. De las que se hacen esquemas y resúmenes. Pero, sobre todo, de esas que en un momento necesitan un abrazo para poder seguir adelante.

Hoy Maya está sentada en sillón. Delante tiene papeles llenos de datos, fechas y latinajos. La luz empieza a escasear y el reloj empieza a quitarle la felicidad. Cada vez quedan menos horas para enfrentarse al último test. Desearía que el reloj avanzase en sentido contrario, y así poder darle otra vuelta al temario. Para ella es indiferente que lo haya hecho una vez tras otra, que se sepa hasta el lugar en el que se encuentra cada coma. Desearía más. 


Ahora Maya está en ese momento en el que necesita un abrazo. Los epígrafes de cada apartado están empezando a encadenarle las piernas. No tiene fuerzas ni para levantarse. En su casa no hay nadie, y el apartado cuarto ya ha llegado hasta su corazón, pulsando la tecla que hace que nuestro cuerpo llore. Cada vez se siente más sola, cada vez se siente peor. Mira por la ventana buscando consuelo. La serigrafía de su teléfono brilla. Las letras de Samsung en color plata destacan. Por alguna razón se fija en ellas. Espera que suene y alguien la busque, que alguien le diga que la quiere.

Cuando se da cuenta está frotando el reposa brazos del asiento. Lo hace una, dos, y hasta tres veces. Al finalizar el movimiento la habitación se llena de humo. Un genio aparece. Ella nunca había creído en estas criaturas, y mucho menos que saliesen de un sillón, las leyendas hablan siempre de lámparas mágicas. Piensa que está soñando. Se ha tenido que dormir encima de los folios. El genio le habla y le dice que puede concederle un deseo, el que ella quiera.
Ella no sabe qué contestar. Se debate entre el pánico y la ilusión por imaginarse viajando entre los recovecos de su cerebro. La curiosidad es más fuerte y le pide tener más tiempo para estudiar.

Un estruendo, un destello de luz y Maya despierta. Su perspectiva ha cambiado. En frente ve el muñeco inerte que una vez fue su cuerpo. Ella está dentro del folio, al lado de la coma, inapreciable para cualquier que no se fije, teniendo la eternidad para aprenderse el temario.

Un ruido. La puerta se abre. Su padre y su madre entran. La llaman, le han traído algo de merendar. Uno de esos dulces que la vuelven loca. No la ven. Llegan hasta el escritorio y miran las hojas desperdigadas. Piensan que otra vez se las ha dejado tiradas cuando se ha ido a con sus amigos. Las apilan. El folio en el que Maya está encadenada se queda perdido entre el resto. 


La eternidad se funde con la oscuridad. Hay tiempo para repasar.

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