sábado, 31 de octubre de 2015

«Vacía» — Relato



En una de esas noches en las que el verano da sus últimos coletazos, Juan volvía a casa ataviado con su sombrero y sus gafas de sol. Una bufanda recorría su cuello, pero su razón no era más que la de ocultar su rostro a cualquier transeunte que pudiera intentar echarle una mirada furtiva. Sacó las lleves del fondo de su bolsillo. Temblaba. Estaba nervioso. En la reunión se había comentado que habían sido descubiertos. En un España como aquella estar más de tres juntos en un mismo lugar podía ser la excusa perfecta para recibir tres tiros en la frente y apartar a otro desgraciado rojo de la tierra. ¿Qué iba a hacer? ¿Huiría? Aunque ninguna fuente oficial lo hubiese confirmado, los rumores hablaban de que la vida del caudillo estaba empezando a evaporarse. ¿Merecía la pena dejarlo todo por unas simple habladurías? 

Marisa le abrazó. El miedo se reflejaba en su rostro. Felipe, su compañero de misión, su amigo, había sido detenido. Dos hombres uniformados habían llamado a su timbre y le habían pedido que les acompañase a responder unas preguntas. Todos sabían cómo se las gastaban en aquel régimen. Una duda, un gesto era suficientes motivos para hablar de complot y traición.


César, el hijo de la pareja escuchaba a sus padres. Normalmente susurraban las peripecias de sus andaduras con sus colegas, sin embargo, parecía que hoy estaban demasiado alterados para controlar el tono de voz.  Puso la oreja pegada a la puerta de su cuarto y respiró lo más lentamente posible para que no advirtiesen su presencia.

—Van a venir a por ti —dijo Marisa—. Juan tenemos que irnos y lo tenemos que hacer ahora. Ya perdí bastante gente en la guerra. Por favor. Hazme caso.

—Ni hablar. No pienso dejar que me amedrentan. Llevamos mucho tiempo luchando, Marisa. Mucho tiempo —insistía el hombre, mirándola fijamente a los ojos, intentando convencerla— ¿Quieres que tire los últimos diez años de mi vida?

—No lo hagas por mí. Hazlo por tu hijo. ¿Qué va a ser de él si te pasa algo? ¿Cómo le voy a cuidar? ¿Crees que el hijo de un traidor tendría una vida decente? ¿Que le iban a dejar tener una vida siquiera? —imploró su mujer— Eres valiente, y eso no te lo voy a negar. Pero también eres muy cabezota. Nunca has sido capaz de ver más allá de los intereses de este país, pero ¿y los intereses de tu hijo? ¿Y qué pasa conmigo? Joder, te quiero. ¿es que estás tan ciego que no te das cuenta?.

César salió. No sabía qué pasaba exactamente, pero las lágrimas que inundaban sus ojos mostraban que presentía que algo malo iba a ocurrir.

Su padre le dijo que se acercase con un movimiento de cabeza y el pequeño retoño no dudó en abrazarlo. Lloró. Lloraron. Padre, madre e hijo se fundieron en un abrazo que se decoraba con su nervioso respirar. Era la banda sonora perfecta para representar lo que era la España de ese tiempo.

—Nos iremos. Tenéis razón —contestó, tras un profundo respiro, el padre de la familia—. César coge dos mudas de ropa, Marisa, un poco de comida y lo que pienses que puede ser importante. No sé cuanto tiempo tardaremos en llegar a Francia, ni siquiera sé si allí tendremos una oportunidad. Pero no pienso dejar que esos desalmados me arrebaten la mejor obra de mi vida: vosotros.

En ese momento alguien llama al timbre. Juan, ante la atenta mirada de su familia abre la puerta. Dos hombres uniformados le dicen que se le requiere en comisaría. El rostro pálido de Marisa es suficiente para que César sepa que no va a volver a ver nunca a su padre. Este se da la vuelta y les dice que les quiere, que todo lo que ha hecho ha sido por ellos.

Sale por la puerta. César y Marisa se funden en un profundo abrazo, conscientes de que se han quedado solos. 

Las lágrimas retornan, pero esta vez la orquesta que las acompaña es la de los alaridos de dolor de los seres queridos a los que se les ha extirpado una parte de su alma.


Dos meses más tarde se anuncia la muerte del Dictador. Marisa lo escucha por la radio mientras está tejiendo en la mesa de la cocina. Su cara no cambia ni un ápice. Lo que antes le hubiese parecido la mejor noticia posible, hoy no es más que otra circunstancia para llenar una vida que se ha quedado vacía.

4 comentarios:

  1. ¡Vaya! Qué final tan triste. Pero tu relato es muy bueno.

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    1. Me alegro de que te haya gustado, Mónica.

      Sí, es triste, pero tal y como muchos vivieron esos raños.

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