viernes, 29 de abril de 2016

[Relato] «Hasta que alguien preguntó» | Carmelo Beltrán



—Aquí tiene, su cambio. Tenga un buen día.

***

Desde que era joven— cuanto tiempo hace ya de eso, por Dios— he pensado que los camareros eran una especie de psicólogos, que la barra de su bar o de su cafetería es lo más parecido que existe a la tumbona en la que cualquier psicólogo de un mínimo prestigio te tumba mientras te cobra sesiones a precio de oro. Cada minuto con estos expertos vale mucho dinero, mientras que con los camareros únicamente tienes que pagar por la caña o café que te estés tomando. La charla, la comprensión y la empatía vienen de regalo.

Cuando mi padre murió por el accidente que causó aquel borracho al volante, caí preso de las garras del bar. Hasta ese momento siempre había visto estos establecimientos como lugares donde pasar el rato, donde tratar de conseguir que me vendiesen una cerveza sin que me pidiesen el DNI e intentar rebuscar por debajo de la falda de la chica que se mostrase más predispuesta. Jugábamos a dejarnos la escasa barba que teníamos para comprobar quién parecía más mayor. Sin embargo, con mis dieciocho años recién cumplidos, hubiese orado a cualquier ser celestial para que los camareros no me hubiesen servido mis demandas por cualquier motivo que se les ocurriese. Ahí fue cuando comprendí que esas barras también podían convertirse en cárceles. Irónico, ¿verdad? Para olvidarme de lo que el alcohol me quitó decidí sumergirme en él.


Pronto consagré la rutina de mi ruta diaria. Sabía a qué hora cerraba cada establecimiento y qué dirección tenía que tomar para poder continuar con lo único que creía que me aliviaba, a pesar de que cada mañana me intentaba convencer de que la noche anterior había sido la última. Menos mal que el fallecimiento de mi padre me había dejado un piso totalmente pagado, sino no sé que hubiese sido de mí. 

Lo curioso de cuando vives constantemente presa de cualquier debilidad es que no eres consciente del paso del tiempo, y si lo eres no te importa. Mi primer año de universitario se fue al garete. No aprobé ninguna, aunque a mi favor tengo que decir que ni siquiera lo intenté. A pesar de los casi dos mil euros que mi padre había pagado por mi prestigioso futuro como médico, decidí que los asientos de un enorme aula no era mi lugar. Me daba igual cómo poder curar las más comunes enfermedades. Él murió en el acto, nadie había conseguido ayudarlo. ¿Por qué iba a querer estar en una profesión que había demostrado ser tan ineficiente? No. Eso no era lo mío.

Un día, cuando entraba a seguir mi ronda por el tercer bar —ni siquiera era consciente de los nombres de cada uno de ellos— me sorprendió una voz familiar en la barra. No, no fue una cara. Con la que llevaba encima no era capaz de fijar mi mirada en ningún punto —cosa que me extrañaba, pues ya me consideraba un experto de estas situaciones—. 

—¿Eres tú? ¿Fran? ¿Eres tú de verdad? —preguntaba aquella voz familiar

—Sí, ponme lo de siempre —contesté, con pocas ganas de mantener una conversación.

—Vas a tener que perdonarme, tío, pero soy yo, Óscar —exclamó con énfasis—. Hemos ido más de tres años juntos al instituto. Nos enteramos de lo de tu padre e intentamos contactar contigo…

—Ponme tres chupitos de tequila, rápido —exigí, cortando una conversación que no quería tener.

—Marchando pero, ¿no crees que ya has bebido demasiado?

—A ver, chaval, ¿te pagan por hablar o por servir?

Y me los sirvió. Recuerdo que los bebí los tres seguidos. Ni siquiera respiré entre cada uno de los tragos. Pero esa fue la primera vez que alguien volvió a verme como persona y no únicamente como un borracho del tres al cuarto al que poder sacarle todo el dinero que tenía encima. A partir de entonces seguí yendo a ese establecimiento todos los días. Óscar siempre me preguntaba y yo siempre debatía conmigo mismo si él tenía razón en su afirmación, pero siempre cedía a aquello que conseguía evadirme de la realidad. 



Sin embargo, inconscientemente comencé a modificar esa rutina que mi cerebro se había empeñado en anclar en una zona en la que ni siquiera el alcohol pudiese entrar. A las dos semanas ese bar ya no era mi tercera visita, sino la segunda. Óscar seguía preguntando y yo cada vez peleaba más conmigo mismo, supongo que también ayudaba el hecho de que llegaba con menos tralla y la mente más despejada, pero siempre acababa igual. Después de este lugar iba el que antes había tenido su puesto, y siempre terminaba llegando a un hogar en el que el suelo se movía como si estuviese navegando en el mar. 

Hasta que un día decidí ir a verle el primero. Fue la primera vez que le observaba sobrio desde el instituto, por lo que pude apreciarle con detalle. Se había dejado barba de tres días y vestía una camiseta de color azul marino en la que se mostraba el nombre del bar, el cual por fin conocía: «Bar Elemental». 

—Ponme una cerveza Óscar —ordené mientras me sentaba en la butaca de la barra.

—Qué pronto llegas hoy, Fran, ¿qué ha pasado? ¿Estaba cerrado el sitio anterior?

—No, macho, es que como en este sitio no me siento en ningún otro lugar, así que, ¿por qué no empezar por aquí?

Mientras decía estas palabras él dejó un vaso en la barra. En su interior no se encontraba ese líquido amarillo fuente de diversión y martirio, sino aquel con el que todas las mañanas combatía el efecto que el primero dejaba el primero cuando lo consumía en cantidades no aconsejadas por ningún médico: agua.

—Te he pedido cerveza, Óscar. Estás dormido hoy, ¿eh?

—Lo sé —dijo mientras me sonreía—. Fran hoy no te voy a servir ni una gota de alcohol. Nunca más. ¿Has visto como estás? ¿No quieres recuperar tu vida?

—¿Qué vida? No tengo ninguna vida.

—Escucha, mañana hemos quedado para jugar un partido de fútbol, como hacíamos antes. Estás invitado, es más, ya les he dicho a todos que vendrás y no, no les he contado nada de lo que has estado haciendo últimamente. Te esperamos a la una en el polideportivo en el que hacíamos educación física.

—Está bien… —respiré profundamente—. ¿Por qué no? Mañana nos vemos.

En ese momento me levanté del taburete y me dirigí a la puerta. Al salir mi mente me incitó a dirigirme al siguiente lugar que transitaba, pero mi cuerpo me pedía que me fuese a casa.

Cuando abrí la puerta de mi casa me sorprendió verla como un sitio estable, que no se moviese. ¿Hacía cuánto no había experimentado esta sensación? Más extrañado me quedé al observar la casa. Estaba hecha una pocilga. Llevaba sin limpiar casi medio año. Había líquido por el suelo, restos de comida basura con sus bolsas a juego en la encimera.

Bajé al súper que tenía al lado de casa y compré detergente. Tardé horas, muchas horas, pero saqué hasta la última mancha que había en la casa, excepto en el sofá. Ese lo di por imposible.

Y jugué, al día siguiente, jugué. No tenía forma física, me cansé cuando solo llevábamos dos minutos de partido, pero recordé que era sentirse vivo.

***



—Luis, ¿cómo vas hoy?

—Ponme una cerveza, que he tenido un día de mierda.

—Hoy no te voy a servir ni una gota, compañero. Vete con tu mujer y tu hija, te lo agradecerán.

—No me quieren, sírveme lo que te he pedido. ¿Te pagan por hablar o por servir? —cuando escuché esto no pude evitar sonreír.

—Me pago por lo que quiero, que para eso este sitio es mío. Compré el Bar Elementos hace muchos años ya.

—No me cuentes batallitas y sírveme.

—Está bien, pero que sepas que te voy a recordar todos los días las razones que tienes para no depender de esta mierda —dije mientras, debajo de la barra, llenaba el vaso de las cañas con cerveza sin alcohol. 


A veces solo necesitamos que nos den un empujón.

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