viernes, 6 de mayo de 2016

«No hay calma antes de la tormenta» | Relato de Carmelo Beltrán



Las verdaderas tormentas no vienen precedidas de ninguna calma, eso no son más que patrañas que cuentan aquellos que os quieren meter ideas absurdas en la cabeza. Antes de que llegue el choque de la naturaleza, esta reacciona. Los animales toman posiciones de defensa y se resguardan lo mejor que pueden de los futuros instantes que arrasarán cobrándose muchas vidas. Somos los seres humanos los que atisbamos tranquilidad antes de una catástrofe, quizás porque somos partidarios de formar parte de ellas.

***

Una noche más. Estaba sentando delante de mi ordenador tratando de terminar con la rutina diaria: un trabajo que me asfixia y cuya motivación terminó el mismo día que firmé el contrato y problemas familiares que a nadie le importan pero corroen a cualquiera por dentro. Estados de crispación en los que una sola palabra puede hacer explotar un torrente de insultos y faltas de respeto que, aunque no dañen físicamente, sirven para conseguir intoxicar también al de en frente. Sin embargo, pese a que algunos prefieren descargar su ira con otros, yo siempre he sido más de guardármela bien dentro, permitiendo que dé vueltas sin parar en mi interior hasta que acabe dominándome. 

La ira, los enfados, siempre han sido mi mayor debilidad. Solo hacía falta un par de minutos dentro para que empezasen a tomar el control de mi ser. No era una sensación agradable. Oh dios, ojalá hubiera sido como todos los demás y hubiera podido esgrimir mis palabras como cuchillos y así sacarlas fuera de mí, pero no. Este veneno terminaba llegando hasta mi corazón y mutando en inseguridad, ansiedad y ninguna gana de continuar el camino de mi vida. En aquellos momentos la mejor respuesta hubiera sido ocultarme tras mis sábanas, protegido por su tacto, a la espera de que un nuevo día llegase a rescatarme. No obstante, los quehaceres diarios son una prueba que hay que superar noche tras noche, y a pesar de toda esta cobardía, una parte de mí seguía tirando del carro para intentar enderezarme en la senda correcta. Lástima que siempre perdiera.

La tormenta se acercaba y mi cuerpo empezaba a notarlo. Una simple sensación de cosquilleo entre los hombros, y una brisa de cansancio e inconsistencia en los muslos daban siempre la bienvenida a mi peor pesadilla. Mi cabeza pronto dejaría de tener la capacidad para centrarse en lo que es menester y comenzaría a divagar en busca de excusas para acercarme, presto, hacia aquel repetido final. Quizás los seres humanos hablemos de calma antes de las catástrofes porque estamos demasiado ciegos para interpretar los signos que las denotan, porque incluso ante las nuestras, somos incapaces de advertirlas, pese a que sucedan una y otra vez.

Cuando el cosquilleo había tomado el resto de mí ya era demasiado tarde. Mi cuerpo funcionaba solo, tan solo una parte de mi cerebro que mandaba señales de alerta a mis extremidades. Lástima que estas se hubiesen convertido en los juguetes de un titiritero que ya estaba celebrando su función, cuyo argumento pasaba por volver a arrastrarme hasta mi ya conocida debilidad.

Para el resto de la obra ya no necesitaba las cuerdas que controlaban hasta entonces mi cuerpo, pues yo mismo sabía qué camino seguir para la tanda de reproches, lloros y promesas utópicas que sabía que nunca iba a llegar a cumplir. Quizás antes tampoco hubiese habido ningún titiritero, sino simplemente la excusas de una persona débil que prefiere sentirse obligado que asumir que no tiene la fuerza para afrontar sus problemas.

Antes de la tormenta siempre hay signos, lo que ocurre es que no somos lo suficientemente valientes para interpretarlos.

Carmelo Beltrán

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