viernes, 20 de mayo de 2016

«Siempre sonreiremos» | Relato de Carmelo Beltrán

Había llegado el fin de semana, era viernes por la noche para ser más exactos. La gente se preparaba para salir y disfrutar de la vida, la libertad se respiraba en el ambiente y las ganas acumuladas de diversión a lo largo de la semana estaban preparadas para explotar. Frente a las discotecas se formaban las mismas colas de cada viernes, en las terrazas el vino, la cerveza y decenas de copas de distintos colores y sabores favorecían las risas de los comensales. 



Sonrisas de todo tipo, por cierto. Falsas por aguantar a aquél que no quieres en tu noche de descanso, pero que como está dentro del grupo de amigos tienes que pasar por alto, de coqueteo entre esos dos amigos que necesitan un pequeño impulso para atreverse a dar el paso… todas ellas provocadas por el alcohol, por supuesto, que se obcecaba alcanzar sus cabezas. Realmente el motivo era indiferente, lo único importante es que la felicidad bañaba el momento, nadie se paraba a cuestionarlo, simplemente lo aprovechaban.




Aunque ella no ha salido. No había tomado esta decisión por la película que emitían en la televisión ni por el frío que asolaba las calles, ni siquiera ella sabía por qué, vaya. Simplemente algo dentro de su ser le pedía que se quedase en el sofá con una manta encima y disfrutase del viernes a su manera. Sus amigos le habían insisto mucho con que no fuese una vieja, que era el cumpleaños de su amigo y que necesitaba descansar. «Cumplimos años cada trescientos sesenta y cinco días» había argumentado, «del siguiente prometo que no me borro» concluyó. Mientras se hacía una coleta se levantó de la mesa de la cocina, dispuesta a guardar la vajilla en el lavaplatos. Aunque trataba de respirar profundamente no era capaz de dejar atrás esa sensación que le producía pinchazos en la sien. Su experiencia con ese pesar le daba malas vibraciones, pero decidió no dejar que su presentimiento le amargase la noche de peli y palomitas. Se la había ganado, después de todo, tantos días aguantando al jefe tenían que ser recompensados de alguno manera.

Mientras un té se calentaba en el microondas se acercó a ver las películas que tenía en la estantería. Le apetecía sentirse como una princesa de cuento, lo necesitaba. Quería que le recordasen que el mundo era un buen lugar para vivir, que podía encontrar la felicidad en ella misma y que el silencio no era un enemigo, que todo lo que la rodeaba desde hacía semanas no era más que un nubarrón de pesares que pronto amainaría. Contemplaba la balda que sujetaba todos los DVD de Disney que le había regalado su hermano antes de independizarse. Aunque no solía verlos, le gustaba mirarlos, eran el lazo invisible que todavía le unían a él y a sus padres, y a ese pequeño mundo que solo se mantenía erigido en su mente: la infancia. «¿Por qué creceremos tan rápido?». Sin pensárselo demasiado agarró Mulán. Había sido la que más veces había visto cuando era pequeña y, pese a sus intentos de que le gustase también a su hermanito, este siempre había sido reacio a verla. «Es que la protagonista es una chica», solía decir. «Pero la más valiente», pensaba para sus adentros la nuestra.

Puso en silencio su teléfono móvil, se echó la manta por encima y apretón el botón play. Eran los únicos requisitos para que la magia comenzase. ¿Cuánto tiempo hacía que no la había visto? ¿Cuatro o cinco años? «Vaya», pensó, «ha pasado tanto y sigo acordándome de la letra de todas las canciones»: «Llega el enemigo, vamos a luchar…». Era capaz de predecir los diálogos y de saber qué iba a ocurrir en cada momento. No había misterio ni intriga, pero la nostalgia y el hecho de sentirse identificada con la princesa china, como una heroína, era suficiente para convertir un día aburrido en la mejor noche del año —después de todo, a ella también le habían dicho que no podría triunfar tan lejos de casa—.

Y de pronto, «bum». En un principio pensó que a la televisión le había pasado algo, por ello bajó el volumen y volvió a subirlo. Apenas le dio importancia, no era más que un ruido fuerte, algún niñato tirando petardos por la noche. No pasó demasiado tiempo hasta que el sonido se reprodujo, «bum», esta vez sonando más fuerte, más cerca. 

Las sirenas de las ambulancias y coches patrulla volaban sobre el viento. Desorientada, agarró su teléfono y lo desbloqueó con presteza, «¿qué demonios estará pasando fuera? ¿Algún robo? ¿Un atraco?» Al abrir la aplicación de mensajería esta se bloqueó, a lo que siguió un colapso del sistema operativo del móvil que no le dio más opción que reiniciarlo. Los mensajes se contaban en centenas. Gente con la que no hablaba desde que había salido de España le escribía sin parar. Mil, dos mil e incluso tres mil notificaciones en algunos grupos. El móvil no respondía a la celeridad que su dueña le pedía. Y de pronto, otro «bum». Aunque las sirenas seguían llorando por las calles de París, por primera fue consciente de los gritos de la gente, cada vez más fuertes, intensos y desesperados. Las pisadas completaban una banda sonora de incertidumbre y miedo.



Fue un canal de información el que le dio noticias. Antes de ser siquiera consciente de que sus amigos estaban tomando algo juntos en una cafetería el desconocimiento bloqueó su mente, «¿qué puedo hacer?. «¿Cómo podía estar pasando esto en mi casa? ¿En mi ciudad?». La cifra de heridos y muertos aumentaba constantemente en el contador que se mostraba en la parte derecha del canal. Parecía un reloj de arena dejando escapar granito a granito la vida de sus vecinos. La prensa y las autoridades no podían dar un parte fijo, toda la información era confusa, en cada programa hablaban de diferentes hipótesis, insuflando el caos a todo el que lo viese. Comenzó a mandar mensajes y a llamar a sus amigos. Algunos contestan, otros no, «seguro que están bien», «estarán tan asustados como yo, encerrados sin querer salir». 

En un momento en el que el cerebro le volvió a funcionar de forma lúcida decidió que lo más sensato era encerrarse en casa, esconderse y tener el teléfono a mano para poder contactar con el exterior. Nerviosa, buscó las llaves por todas las habitaciones de su casa. Se tropezó mientras sacaba una silla de debajo de la mesa para poder auparse hasta el estante más alto del salón. No las encontraba, la sensación de peligro aumentaba, se sentó en el suelo impotente, y al hacerlo notó que tenía algo dentro del bolsillo trasero de su pantalón: las llaves. La adrenalina le permitió coordinar el movimiento más rápido del que había sido nunca capaz y correr en dirección a la puerta dispuesta a cerrarla. Sin embargo, cuando fue a hacerlo alguien llamó al timbre. 

El miedo la acongojaba, bajo ningún concepto pensaba abrir esa puerta, pero, por suerte, reconoció esa misma sensación en los ojos anónimos que podía observaba por la mirilla. Terror, ruego y desesperación estaban dibujados en su rostro. Al abrir, le preguntó qué había pasado, pero antes de poder contestarle el hombre, incapaz de sentirse fuerte, comenzó a llorar desesperadamente suplicándole que le dejase entrar. Lo único de lo que ella fue consciente es de que estaba abrazándole y dispuesta a acogerle dentro de su pequeño apartamento.  Ambos volvieron a observar al exterior sin apenas dejarse ver a través de las cortinas, grupos de gente atemorizada que corría sin rumbo fijo. Decidida, abrió la puerta e invitó a pasar a todos aquellos que circulaban por la carretera. Pronto ni siquiera era consciente de cuántos eran. Por twitter pidió a la gente que abriera sus casas, que se cuidasen unos a otros como lo estaba haciendo ella. #PorteOuverte. No tuvo que esperar mucho para que este mensaje se extendiera por todas las cuentas que seguía. La solidaridad reinaba a pesar de los prejuicios. Personas todos los colores y religiones se escondían juntos de aquellos que decían actuar en nombre de algo y que no lo hacían más que por su ego, odio y ganas de causar daño, por todo aquello que les impedía ser humanos.

Todo el suelo, muebles e incluso la bañera se llenó rápidamente de gente. Sus miradas se encontraban alternativamente. Algunos lloraban mientras otros lograban mantener la serenidad, sin saber ellos mismos si lo conseguían por encontrar la paz interna o por el shock que les asediaba. Otros no podían evitar temblar sin parar y los restantes estaban tan bloqueados que incluso les costaba respirar. Pero, sin embargo, sea por lo que sea, había  una cosa que era común a todos. Sonreían. Estaban asustados, aterrorizados, pero había algo dentro de ellos que les hace querer sonreír. Es eso lo que les diferenciaba de los bárbaros. 

Se sujetaron las manos, se sentían juntos, poderosos, capaces y sabedores de que podrían batir a todo lo que se les pusiera por delante. Primero bajito, pero luego a grito pelado, empezaron a entonar un himno que acabó convirtiéndose en el mayor reflejo de la libertad.

Todos, menos ella, sentada en el suelo, en la esquina al lado del televisor, al no poder contactar con sus amigos, los cuales estaban en el bar que había sido masacrado.

Carmelo Beltrán




No hay comentarios:

Publicar un comentario