miércoles, 29 de junio de 2016

«A las cuatro de la mañana» | Relato de Carmelo Beltrán


A las cuatro de la mañana







Siempre había dicho que prefería conducir por la noche que durante las mañanas. Las luces de los coches facilitan mucho esta actividad ya que, incluso en la distancia, somos capaces de atisbar cuando otra bestia mecánica se aproxima contra nosotros.

No obstante, cuando esgrimió estas palabras por primera vez, no estaba pensando en su situación actual. Eran las cuatro de la mañana y transitaba con su Seat Ibiza blanco por una carretera secundaria. Al entrar en ella se había cruzado con otro vehículo, pero habían pasado más de cuarenta minutos que ningún otro ser viviente había hecho acto de presencia.

Este tipo de vías siempre le habían dado miedo. La tensión se podía palpar en el ambiente. El silencio es un sonido que desconcierta a los humanos. Estamos acostumbrados a estar escuchando siempre algo, incluso cuando dormimos y dejamos la televisión o la radio puesta para hacernos compañía, para no tener que pensar, por lo que cuando nos aislamos de cualquier ruido exterior experimentamos, cuando menos, desconcierto.

Somos tan inestables los seres humanos que incluso cuando un sonido rompe dicho silencio nos asustamos. Pero claro, el caso de Chuck no puede considerarse como típico. Lo que él escuchó a las cuatro de la mañana no era un grillo cantando o un gallo que se había adelantado a su turno de trabajo. No. El ruido fue ensordecedor, abrumante, de esos ruidos agudos que cortarían la digestión a más de uno y paralizarían hasta a el más valiente de los héroes de las películas si realmente existiesen.

Y entonces lo vio. Bajo la luz de la única farola que iluminaba la calzada contempló una sombra. Había un ser, de forma inescrutable en la distancia, que, tumbado, parecía que se debatía entre la vida y la muerte por la constancia de sus gritos.

A medida que se acercaba, Chuck meditaba si detener el coche o no. Por su mente recorrían pensamientos acerca de si sería peligroso o si simplemente sería capaz de ayudarle. Desde luego estar en el único lugar donde no estaba oculto por la oscuridad no le apetecía nada.


Cuanto más cerca estaba más lento conducía. La curiosidad le estaba ganando la batalla al miedo y quería saber qué demonios era ese ser vivo que gritaba como si no hubiese mañana. Parecía que sufría.

Detuvo el coche a su vera y encendió las luces de emergencia, pese a que sabía que ningún alma iba a cruzar esa carretera en muchas horas. Se desabrochó el cinturón y antes de dejar la seguridad del vehículo respiró tres veces profundamente.

Era un perro. Lo que había ahí tirado era un perro que chillaba de dolor, como si estuviese luchando contra lo que parecía su agonía. 

Respiró profundamente, aliviado. No era nada más que un perro. No había nada que temer más allá de un simple chucho. Una vida sin importancia, pensaba. Abrió de nuevo la puerta del vehículo y se sentó. Volvió a tomar aire otras tres veces, como antes de haber bajado e introdujo la llave en el motor para reanudar su marcha.

The best is yet to come de Scorpions sonaba desde el equipo de música mientras el coche  y el conductor avanzaban por la carretera como si fuese suya, aislados de todo el nerviosismo que habían tenido que soportar unos momentos antes. Una banda sonora de un momento que se volvió irónica cuando miró por el retrovisor.

A pesar de que la oscuridad bañaba toda la carretera se podía apreciar sin problemas una figura que perseguía el coche a una velocidad de infarto. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para que las luces de posición le iluminasen descubrió a aquel ser que exhalaba su último aliento en el arcén de la calzada, solo que ahora estaba totalmente recuperado, todavía más que ello, como si fuese una especie de otra mundo.

Pero no fue su velocidad, que corría tras un vehículo que rodaba a más de 90 kilómetros por hora, lo que le sorprendió, sino que sus patas no tocaban el suelo, parecía que corriese sobre el viento.

Y de pronto ya no estaba.

El conductor volvió a respirar aliviado. Se lo debía de haber imaginado pensaba. Redujo la velocidad para ayudar a que sus nervios se concentrasen en relajarse, pero cuando posó de nuevo la mirada en el frente, sus ojos se cruzaron con los de aquel ser.

Un ladrido y entonces oscuridad. Solo oscuridad.

***

A las nueve y media de la mañana un conductor que conducía el trayecto de siempre para ir a trabajar se encontró un coche destrozado en el arcén y un cuerpo fuera, sin vida, que tenía la cara y la mano derecha desfigurada.

***

Cuando la policía llegó hasta la escena no pudo determinar qué había ocurrido. Estaba claro que había sido atacado, pero en dicha zona no habitaba ninguna especie animal que hubiera podido causar esas heridas. Tendrían que seguir investigando, pero por ahora se llevaron una chapita de perro con el nombre de «Dobby». Sería una buena manera de comenzar.

***

Al introducir el nombre de Chuck en la base de datos obtuvieron la información de un joven de 23 años que vivía solo desde hacía dos. Se ve que Dobby era una mascota que estaba registrada a su nombre, la cual había fallecido hacía poco más de dos años, un pequeño bulldog francés.

***

Les bastó con preguntar a sus vecinos para descubrir que el joven había maltratado al animal hasta la muerte, y que este se hallaba enterrado en el parque de enfrente de su casa. El lugar ideal para deshacerse de esa prueba.

***

En un sitio mucho más lejano una luz iluminaba el rostro de Chuck. No había nada alrededor, solo oscuridad. No hacía ni frío ni calor, como mucho una sensación de bienestar, como si lo de alrededor no importase.

Cuando llevaba varias horas —o eso afirmaría él, porque el paso del tiempo en dicho lugar estaba mucho más estancado—, escuchó como las patitas de un perro hacían ruido mientras se acercaban. Y allí se vieron.

Dobby se acercó corriendo hasta su antiguo dueño. Hubiera esforzado sus pulmones al máximo si los hubiera tenido, hasta que llegó a un punto desde el que pudo saltar sobre Chuck. Le lamió la cara. Le había echado mucho de menos.

Entonces a Chuck le pareció escuchar unas palabras de una voz que no había escuchado nunca pero que le resultaba totalmente familiar. En su interior había resonado la frase «Te perdono. Pase lo que pase te seguiré queriendo. Siempre».

Cuando volvió la vista Dobby ya no estaba. Solo quedaba oscuridad y la sensación de un lametazo todavía en su moflete.

El silencio se quebró con el llanto de un alma desesperada.

Carmelo Beltrán

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