miércoles, 29 de junio de 2016

El sonido del silencio | Relato de Carmelo Beltrán | #NoAlTerrorismo

EL SONIDO DEL SILENCIO


Sonrisas, miradas cómplices, ganas de salir y vivir nuevas aventuras. Caras largas, estrés por el trabajo, y sentimientos de nostalgia del hogar dejado atrás. Carcajadas y gritos de niños, madres desesperadas porque guarden silencio y no molesten a quien tengan a su vera. Besos, amor, hombres, mujeres e incluso perros demostrando este sentimiento. Humanos.



Un sonido atronador que lo cubre todo. Las sonrisas se convierten en caras de desconcierto, las ganas de salir aumentan, pero para ir en dirección contraria. Los trabajos dejan de importar y el hogar se hace mucho más presente. La familia aparece en las mentes y las carcajadas y gritos se convierten en chillidos aterradores. No hay besos, pero hay más amor que nunca cuando se sujetan las manos y se apoyan unos a otros.





Silencio, el sonido más aterrador que existe, cubre el lugar. Unas respiraciones prácticamente inapreciables es la única banda sonora que se puede escuchar. Y de pronto, más gritos, más miedo, más terror.

Ninguno de los presentes es consciente de que el sonido ha vuelto al mundo. Para ellos no lo ha hecho. Solo existe un sentimiento de supervivencia, una huida descontrolada, unos ojos que solo tienen tiempo para preocuparse de sí mismos y de las personas que quieren. El resto no existe. El resto no habla. El resto ni siquiera es tangible en este momento.

Más disparos precedidos de silencio. Una explosión que vuelve a hacer vibrar los cimientos de la terminal del aeropuerto. Vuelven las miradas de desconcierto de padres que vuelven a ser niños asustados, de importantes ejecutivos incapaces de controlarse a sí mismos y de niños que ni siquiera saben qué tienen qué pueden ser.

La luz de la salida parece la tierra prometida. Cuando la atisban todos corren en pos de lograr su salvación, en busca de la seguridad, la tranquilidad e incluso el estrés de su vida cotidiana, todo lo que han dejado atrás hace unos pocos minutos que parecen demasiadas horas.

Fuera el ambiente les congela la sangre. Las sirenas camuflan los lloros y la muchedumbre se congrega como si fuesen a ver la última obra de teatro de éxito, pero aquí no hay nadie que pase con una gorra pidiendo una recompensa. Son las sirenas de bomberos, policía y ambulancias los que acuden prestos, esperando que su gorra se quede lo más vacía posible.

Aquellos que huían se abrazan, se vuelven a besar e incluso asoma alguna sonrisa de tranquilidad, de alivio, de humanidad. 

Sin embargo, no es la única mueca que se muestra. Caras congeladas, tics nerviosos de aquellos que no pueden abrazar ni besar a sus acompañantes porque no saben donde están. El caos les había sumido durante la huida y soltaron la mano de aquellos con los que tuvieron tantas discusiones pero que en el corazón querían como si no existiese nadie más. La sangre se les hiela cuando se escucha una nueva explosión. 

Los que pueden sonreír corren. Ellos darían lo que fuera por el hecho de que las policía les dejase volver a entrar. Cuando la desesperación te engulle no existe el miedo, solo el deseo de poder cambiar lo que ya sabes que ha ocurrido.

No escuchan, no sienten, ni siquiera son tangibles para ellos el resto de los humanos que se dan cita a su alrededor. Para ellos solo existen dos cosas: la vista de un aeropuerto destrozado que se consume en llamas y el sonido del silencio que anuncie la crónica de una muerte anunciada.

Carmelo Beltrán
@CarBel1994

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