viernes, 15 de julio de 2016

«Y lo peor» #NoAlTerrorismo #Niza | Relato de Carmelo Beltrán




Introdujo la pastilla y le dio al botón, y tras un pequeño ruido el lavavajillas se pone en funcionamiento. 

Cansada, suspira y estira sus extremidades. La espalda cruje tres o cuatro veces con ese inocente gesto. Entonces anda y se deja caer en el sofá. Agarra el mando de la televisión y enciende la caja tonta.

***

—Ha estado todo muy rico —le dice un joven a su madre mientras lleva los platos a la pila—. Déjame que friegue yo hoy, tú vete a descansar que has tenido un día muy duro.

La madre le mira y sonríe. Está orgullosa de su hijo.

—Hijo, no es necesario, puedo hacerlo yo —contesta, aunque en el fondo desea con toda su alma que sea su retoño el que termine de hacerlo.

***

—¿Ya estás con las galletas? —pregunta una mujer a su marido—. Siempre igual, ¿pero tu has visto la tripa que estás echando?

—Cariño, es mi único vicio, ¿no puedo tener uno? 

—Sí, claro, pero, ¿la comida basura? Anda que… No sé ni por qué estoy tan enamorada de ti.

Él sonríe y la mira, con esos ojos que le dicen que se la quiere comer, que quiere pasar el resto de sus días con ella.

—¿Por qué no nos vamos al salón un rato y vemos la tele? —dice mientras deja las galletas para el asombro de su mujer—. ¿Ves? No las necesito. Aprovechemos un rato juntos y de tranquilidad ahora que Emilie no está.

—Sí, que hasta que no terminen los fuegos artificiales no vuelve.

***


El prime time quizás no es el mejor momento para ver la televisión, y la noche de un jueves tampoco le hace mucho favor. Programas de cotilleos llenan la carta de opciones que tienen nuestros comensales. 

Todos suspiran y hacen zapping. A pesar de vivir cada cual a cientos de kilómetros de distancia sus gestos son bastante parecidos. Cambian de canal hasta que encuentran algo que no les moleste demasiado. Solo quieren algo que no les haga pensar, que permita a sus cerebros descansar después de días tan largos.

Y entonces ocurre.

Las emisiones se cortan repentinamente. Todos los programas desaparecen de la pantalla y son sustituidos por un servicio informativo de emergencia que empieza a ser demasiado habitual en el país francés. 

Un presentador que mantiene la compostura como puede mira directamente a cámara, a los ojos de los espectadores y les traslada la horrible noticia. «Se ha producido un nuevo atentado, esta vez en Niza, alguien ha cogido un cambión y ha decidido atropellar a todas las personas que se concentraban a ver los fuegos artificiales».

***

Emilie y Denis se miran, paralizados. Para ellos la televisión ha dejado de existir, el volumen de esta es inaudible, cualquier elemento externo es algo que molesta ahora mismo. Simplemente se miran, paralizados. Él tiembla, desconsolado, mientras sus ojos comienzan a humedecerse, mientras ella posa una mano temblorosa en su hombro, sin saber qué hacer o qué decir.

Ella se levanta, rápida y dubitativa. Tiene que buscar su teléfono, tiene que llamarla, «Seguro que no le ha pasado nada, seguro que ella ha podido escapar con las manadas de personas que se han visto la televisión».

«Pero si lo ha hecho, ¿por qué no ha llamado? No, no, seguro que ha perdido el móvil, o se le ha olvidado porque está demasiado asustada, pero está con sus amigos así que no puede haber pasado nada, ¿verdad? Sí, sí, debe de ser eso».

Los pensamientos se amontonan en su cerebro y sus dedos no son capaces de desbloquear el móvil cuando lo tiene en sus manos. Este cae al suelo, y en ese preciso instante, sus ojos dan vía suelta a las lágrimas que guardaban desde hace mucho tiempo.

Denis se acerca, y en esta ocasión es él quien la abraza por detrás mientras le susurra algo al oído. Palabras, solo palabras, pero que consiguen que Emilie recupere la tranquilidad necesaria para agacharse y llamar.

—Denis, no hay señal. No hay señal. Dios mío, qué hacemos, Denis, dime algo. Por favor, dime algo —grita mientras sus piernas fallan y cae al suelo—. Alá la protegerá, ¿verdad? Debe de hacerlo.

Ya ni siquiera llora. Lo que está sintiendo dentro ahora mismo no hay sustancia, mueca o palabras humanas que lo puedan describir. Simplemente está en el suelo, tumbada en una posición extraña, tal y como se ha caído, marcando una y otra vez el teléfono.

—Emilie, llamemos a la policía. Es lo único que podemos hacer.

Todavía no hay noticias de nada. Las informaciones son muy confusas. 

Mientras Dennis cuelga, Emilie ya está preparando todo lo necesario. El agua para la Ablución está lista.

Se colocan en el lugar de siempre y comienzan el Salat.


***

—Otra vez, hijo, otra vez —exclama la madre—. ¡Están locos!

—Sí, mamá, pero no podemos hacer nada, a cualquiera le podía haber pasado.

—Ya, anda, apaga la tele y vamos a ponernos una película o algo, y ya nos enteraremos de qué ha pasado mañana o lo que sea.

—Vale, mamá, voy a poner alguna en Netflix, pero mientras cuéntame algo, ¿alguna anécdota hoy que me pueda interesar?

Madre e hijo pasan la noche juntos, contando sus anécdotas y charlando como hacen cada día cuando tienen tiempo. La película no es más que una banda sonora para romper silencios.

***

La noticia ha cortado la retransmisión de la serie de televisión que estaba viendo. Suspira, asqueada por todo y antes de conocer los detalles apaga la televisión.

Coge la tablet, se pone un vídeo de Youtube y se queda dormida. No piensa quedarse otra noche en vela conociendo cada detalle como pasó el 13 de noviembre.

***

Los intentos por contactar con Emilie son inútiles. No contsta ninguna de las llamadas, no responde los mensajes, ni whatsapp.

Y entonces el teléfono fijo suena y los músculos se relajan. Por fin ha podido llamar. Emile corre y lo descuelga, pero no es la voz que esperaba escuchar.

—¿Residencia Bonnay? —la voz continúa tras la confirmación de la mujer—. Tienen que venir a la comisaría. Es muy duro lo que les voy a decir, pero su hija Diane ha sido una de las víctimas del ataque.

El teléfono cae al suelo. La mano de Emilie lo ha soltado en un acto reflejo, en un movimiento que no quiere creer lo que le acaban de decir. Dennis no tiene que preguntarle nada, su cara, sus gestos y su respiración ya le han dicho todo lo que necesitaba saber.

Las piernas le fallan y cae al suelo. Dennis coloca la pierna sobre su cabeza y llora.

El valor de cada una de sus lágrimas no se puede medir, no se puede contar con palabras. Sus gemidos desgarran el alma, sus jadeos no dan lugar a la esperanza y cuando se juntan con los de su mujer se escucha el sonido del juicio final, porque esta noche lo ha sido para esta familia, para su felicidad y para sus deseos.

Mientras ellos lloraban, mientras ellos se montaban en un coche y con todo el dolor de su corazón identificaban el cadáver de su hija, la mayor parte del mundo reía, cambiaba de canal y miraba para otro lado.

Porque nos estamos acostumbrando. Estamos asumiendo el dolor, estamos mirando para otro lado, pase a miles de kilómetros o a las puertas de nuestra casa. Estamos aceptando  el sufrimiento y dar cada vez menos peso a las vidas arrebatadas es lo peor que podemos hacer.

Y es que, ni siquiera los rezos de esta familia, ni siquiera el pensamiento de que su hija está en el más allá, en la vida eterna, puede consolar a cualquier persona a la que le hayan arrebatado su tesoro más preciado.

Carmelo Beltrán









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