miércoles, 3 de agosto de 2016

«Recuerdos de una habitación» | Relato de Carmelo Beltrán


Miraba de una esquina a otra de la habitación, suspirando con cada uno de los recuerdos que azotaban su rostro. El sonido del mar era la mejor banda sonora para un momento en el que su yo interno lloraba sin parar y pugnaba por hacerse ver sobre la fachada que nos da a todos la madurez, pero no lo hacía, sino que eran las olas del gigante azul quienes esbozaban todos estos sentimientos. El ir y venir de su movimiento gemía como un llanto apagado, triste, sabedor del que ha dejado atrás su infancia para siempre y ha entrado en un mundo de adultos, duro, frío y sin posibilidad de retorno.

Tres días en ese piso no habían hecho aflorar nada dentro, las tantas veces que había regresado con sus amigos le habían dejado vacío, pero esa mañana, minutos antes de cerrar la puerta y volver a casa, todo cambió. Ya en su hogar, ahora dudaba sobre si tuvo que haber entrado en ese cuarto o no, si haber seguido helado por dentro ante los recuerdos de esas paredes hubiese sido mejor, si cerrar la puerta a cualquier emoción no hubiese sido más humano, pero no fue lo que ocurrió. 

Corrió la cortina y entró en la sala que utilizó toda su infancia para dormir. Ni siquiera era una habitación completa, sino un simple rincón de la terraza al que le habían puesto una cortina y un sofá cama en el que las sábanas del Real Madrid en una época y Pokémon en otra, le habían protegido por las noches de las pesadillas.


Al entrar se quedó paralizado. Todo estaba vacío, desolado. Nada de lo que antes había significado esa casa para él seguía ahí, excepto una burda balda, ahora sin nada, que antes había sujetado muchos de sus juguetes, los cuales habían volado llevándose parte de su pasado con ellos. Como si se tratara de un acto reflejó echó la vista hacia la esquina derecha de la habitación. No estaba allí. Esa caja tan vieja que guardaba las pelotas que bajaba a la playa cada mañana con su abuelo había desaparecido. En frente, lo que antes había sido el sofá donde tantas veces había dormido, no servía para más que para soportar todo aquello que se colocaba encima para quitarlo de en medio. Entonces giró la cabeza y tampoco estaba. Había una cortina que separaba los dos lados de la terraza pero, ¿dónde estaba esa tela con tres agujeros que su abuela le había hecho para que jugaran a las marionetas e inventaran historias cada tarde? No estaba allí, no estaba en ningún sitio.

Respiró profundamente tratando aguantar sus lágrimas. Mirando al suelo para no encontrarse con ningún recuerdo doloroso salió de ese cuarto improvisado y volvió a la terraza. Allí ya no lo pudo soportar. Todo estaba mal puesto, todo estaba mal colocado. ¿Por qué lo habían cambiado de sitio? ¿Qué clase de persona podía hacerlo? La mesa estaba en un sitio que no le correspondía. No se colocaba en horizontal, sino en vertical, ¿y dónde estaba la sombrilla que les había protegido durante tantos años del sol mientras jugaban a las cartas? Las sillas estaban destartaladas y, por primera vez, fue consciente de que en la que siempre se había sentado había desaparecido. ¿Por qué ya no estaba allí? ¿Por qué habían tirado tantos tiempos felices? Siguió observando, fijándose por primera vez en todo lo que significaba lo que tenía delante. Al dar con una pequeña mesa negra con ruedas tuvo que tocarla. Las lágrimas corrieron cuando recordó todo lo que había sido esa mesa. Era en la que se sentaba a comer los bocadillos con su abuelo cuando era pequeño, sentado en esa silla que ya no sabía donde se encontraba. Donde se ponía a jugar a la consola mientras su abuelo le miraba y le preguntaba cosas o aquel lugar donde podía observar desde un sitio privilegiado el Gran Prix por las noches. Estaba vieja, estaba incluso para tirar, pero encontrarse con ese recuerdo fue lo que acabó por hacerle reventar y llorar sin control.

No sabía qué le estaba ocurriendo, no sabía por qué, pero tenía que hacerlo. Llorando, ya no sabía si por dentro o por fuera, pues no le importaba lo más mínimo, comenzó a cambiar cada mueble de sitio. Los sillones que estaban fuera volvieron al interior, a donde siempre habían pertenecido, a donde su familia había pasado momentos tan felices durante tantos veranos. Padres y abuelos sentados, comiendo, riendo y comentando los partidos de la Selección Española cuando tocaba campeonato de verano. La mesa de la terraza la puso en perpendicular y, pese a que la mayoría de los asientos ya no estaban, colocó los que tenía a mano como siempre habían descansado. Incluso sacó una baraja de cartas que encontró escondida por un cajón y la colocó en posición de jugar a la Brisca o a las Siete y Media, cualquiera de los juegos en los que había invertido su tiempo y había obtenido felicidad.

Cuando terminó de colocar todo sonrió, pero ese gesto solo duró unos instantes de segundo. Las lágrimas recuperaron su territorio prestas y feroces. No funcionaba. La casa estaba prácticamente igual, pero no conseguía que la llama de la felicidad volviese a soltar ni una sola chispa. Esos momentos habían desaparecido, todo lo que eran ya no existía. La suciedad se los había llevado tal y como había poblado todas las habitaciones de esa casa. Por mucho que se sentara en la mesa a jugar a las cartas o en el salón en uno de los sillones que acaba de mover no serviría para nada. 

Y entonces lloró desconsoladamente. Derramó lágrimas por la desaparición de la infancia, de la que había sido totalmente consciente durante esa última hora. Ya no volvería a ser ese niño cuyo abuelo miraba todas las mañanas y tardes jugando a la consola, con quien jugaba a las cartas o con el que se iba a repintar las líneas blancas del carril bici. Soltó más lágrimas por esos momentos que nunca se repetirían en esa o cualquier otra casa. Las mañanas en la playa de las que tanto se quejaba, las deliciosas comidas a base de espaguetis y tomate y las excelentes tortillas de patata que había devorado. Los partidos en el televisor o los saltos de unos encima de otros en el mar. Las reuniones familiares y unas sonrisas que podían seguir sonando, pero que nunca más lo harían todas a modo de orquesta coral.

Cuando se cansó de llorar miró a su vera. Allí estaba ella, observándole y dejándole todo el espacio que necesitase. Se conocían lo suficiente como para saber qué pensaba el otro sin necesidad de esbozar ninguna palabra. Y entonces le abrazó mientras él derramaba todas las lágrimas que le quedaban dentro. La miró y se sintió feliz, consciente de que el futuro que venía por delante iba a ser perfecto, maravilloso y alentador. Giró la cabeza y volvió a encontrarse con el mar. Seguía interpretando una banda sonora de despedida y de nostalgia, de todo lo que el viento ya se ha llevado y nunca volverá. Incluso sus olas parecían bailar al son de tan desoladora melodía, derramando lágrimas al unísono que cualquier persona que las observase. Se soltó y se acercó por última vez. Había que cerrar todo antes de abandonar el piso. De pronto lo vio. Ese bate de plástico color verde que durante tanto tiempo había jugado de pequeño y con el que tantas cosas había roto sin querer. Lo cogió y sonrío. Pensó en llevárselo, pero decidió dejarlo. No se puede ser feliz si nos atamos al pasado tanto que no queremos coger la cuerda del futuro. 

Sin embargo, sí que se frenó en el ánfora de conchas que había llenado desde que era pequeño y al que introducía un ejemplar cada vez que volvía de la playa. Buscó una, sabedor de cuál era. «Recuerdo del 98 ». Esta sí que se la llevaría. La recogió con su padre y con su abuelo, envueltos en sonrisas que, aunque ahora se tornasen lágrimas, podrían perdurar en su mente.

Cerró la puerta y miró atrás, una y cien veces, todas las necesarias para despedirse de un lugar al que algo le decía que nunca volvería y de unos recuerdos que tarde o temprano se extinguirían en la memoria. 

Cerró la puerta lo más rápido posible. Sabía que dentro todavía quedaban recuerdos y no quería que se escapasen. Los malos ya no estaban presentes, solo quedaban los buenos, Quería dejar las mínimas aperturas y mantenerlos en cautiverio, encerrados, para que fuera él o cualquier otra persona la que entrase por esa puerta de nuevo, pudiera sentirlos.

Condujo rápido para alejarse, rápido por volver a ser feliz y aceleró para no rendirse jamás por haber dejado lejos su niñez. Siempre que la quisiese mantener estaría con él.

Carmelo Beltrán
@CarBel1994

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