miércoles, 17 de agosto de 2016

Recuerdos de otro tiempo | Relato de Carmelo Beltrán

Aquellos pétalos rojos invocaban el recuerdo de otro tiempo cuando el tiempo no importaba, cuando no había recuerdos sino momentos que formar y la tristeza se empañaba en su mente con dar un pequeño trago al vaso de leche con Cola Cao de cada noche.



No había vuelto a aquel lugar desde que todo ocurrió, desde que aquella noche trágica les hiciera huir sin poder mirar atrás, mientras dejaban el camino sembrado de lágrimas que actuaban como un peaje que nadie quiere pagar entre los sueños y las pesadillas, las sonrisas y la tristeza tatuada en la piel, marcándola de por vida.


Muchos años habían transcurrido desde dicho momento. La tinta de aquel tatuaje se mantuvo, siempre, caliente cual fuego recordándole quién era y de dónde venía, pero el tiempo había logrado plasmar otra capa, invisible, menos rugosa, fácil de romper, pero ahí estaba, protegiéndole, tirando de él en aquellos momentos en los que la vida volvía a golpearle y a derrumbarle, cuando volvía a dudar de que se mereciese ser feliz.

Cuando miró a aquellos pétalos rojos todo volvió a recorrerle las entrañas. Las imágenes se habían empañado con el paso de los lustros, pero el sonido de las almas desgarrándose de dolor no se le olvidaría nunca. Todavía la escuchaba en sueños si no se tapaba hasta el cuello o no cerraba la puerta del armario. Y de pronto desapareció. El sonido, el olor a desesperación, todo se evaporó y la escuchó. Una voz, nítida, serena y maternal en lo más profundo de su ser.

Las lágrimas volvieron a regar los pétalos, cuyo color pareció aumentar su calor y su ternura al recibir su asosegado llanto, a la vez que quedaron completamente estupefactas al notar un sabor distinto al que estaban acostumbradas. No sabía a desesperación, no sabían a almas desgarrándose ni a esperanza huyendo de vidas humanas, no, sabían a todo lo contrario, a algo que no habían probado nunca, un placer que se les había privado por crecer donde siempre habían brotado. ¿Felicidad? ¿Nostalgia? No sabían cómo denominarla.

Se sentó al lado de aquel espectáculo de color que ahora bailaba al son de una suave brisa que mecía los cabellos de quien las observaba. La tentación de arrancar una de ellas y llevársela fue grande, pero pudo reprimirla. Aquel lugar evocaba las voz de su madre, ausente durante décadas, pues no había abandonado nunca aquel sitio que siempre había considerado su hogar.

—Al final tenías razón, mamá —le susurró a su audiencia—. Al final todas las almas que se lo merecen se transforman en algo precioso que ni el mayor de los villanos sería capaz de destruir —suspiró y dejó de tratar de evitar sus lágrimas. 

»Nunca he entendido por qué en este lugar siempre ha habido flores rojas, como el color de la vida ha podido estar presente en este lugar de muerte —río para sí mismo, como un niño que encuentra la solución de un rompe cabezas—. Es necesario vuestra esperanza para que todos los que nacimos aquí y nos obligaron a escapar sin mirar atrás tengamos una razón para volver a ver nuestra maravillosa tierra.

»Te quiero, mamá.

Carmelo Beltrán

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