sábado, 17 de septiembre de 2016

«La locura del artista» | Relato de Carmelo Beltrán

La música ensordecedora del concierto rodeaba los sentimientos de los presentes, las luces iluminaban sus rostros de forma sistemática, como si estuviesen escrutando qué pasaba por sus mentes cuando decidían abandonarse al ritmo de una canción que les hacía sentir completos, felices, ajenos a cualquier aspecto mundano mientras aquellas notas siguiesen volando subidas al viento.



Al llegar el estribillo el mundo se plegaba justo en ese punto, convirtiéndose en el centro de todos los pensamientos que realmente importaban, siendo la envidia de cualquiera que estuviese en otra parte del planeta, vetado de sentir su piel erizarse con la energía que desprendía una humanidad que se había entregado a lo único que la unía en cualquier rincón del mundo, por apartado que fuera.


Y, de entre todas las almas, brillaba con esplendor la suya, la de aquella joven que no cantaba, que no reía y cuyos ojos se perdían en el vacío unas estrellas que se sonrojaban al sentirse observadas y que aprovechaban cualquier ocasión para desaparecer entre bambalinas hasta otra noche en la que estuviesen dispuestas a dejarse cortejar. 

Alumbrada por la oscuridad, ajena al espectáculo, se había convertido en el centro de la ceremonia para mí, me había contagiado la calma de las madrugadas y plantado en mis ojos la necesidad de la curiosidad, de conocer qué le pasaba, que acariciaba su alma con tanta tristeza que la había llevado a llorar entre ruidos para que nadie pudiese escucharla y nadie se fijase en ella.

Continué mirándola mientras agitaba los brazos y ejercitaba mis labios vocalizando las palabras que salían de un cantante para disimular el desconcierto y desolación que una mirada cargada de recuerdos había provocado en mí. ¿Debería ir a buscarla? ¿A preguntarle por qué su dolor me resulta tan familiar? ¿A tratar de aliviar una pena sobre la que no tengo ningún derecho?

Cerré los ojos para pensar, para intentar aislarme de todo lo que me rodeaba, para tratar de disipar el dolor de cabeza que la confusión había plantado en mi cerebro, para luchar frente a las dudas que siempre me asaltaban cuando la vida me daba vértigo y trastabillaba la piedra más pequeña que pudiera encontrar.

«Gracias por hacer tu protagonista. Todos necesitamos ser los protagonistas de una película, brillar más que una luz cegadora y sonar más fuerte que el arte. Al menos una vez en nuestra vida». 

Abrí los ojos corriendo, ¿acaso era ella aquella voz femenina que había retumbado en mi cabeza? 

La busqué y ya no estaba, me introduje entre la gente tratando de llegar hasta donde ella estaba, pero no la encontré.

Suspiré y me pregunté qué demonios había pasado, si todo lo que acaba de acontecer era producto de mi imaginación o si estaba perdiendo el juicio. Volví a respirar profundamente, llené mis pulmones con todo el aire que tenía a mi alrededor, y grité como si no existiese mañana la canción que estaban interpretando en el escenario.

Si tengo que perder el juicio que sea entre la locura de un artista.

Carmelo Beltrán

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