miércoles, 7 de septiembre de 2016

«La música de la Luna» | Relato de Carmelo Beltrán



El mundo está lleno de soñadores, de locos, de personas que cantan en la ducha hasta dejarse la voz la última canción que no pueden sacarse la cabeza, de gente dispuesta a dejarse la piel por lograr una sonrisa más cada noche y de mantener la respiración para no asustar a los deseos.

Ellos eran de esos, de los que cada día miraban al sol con la chulería necesaria para hacerle frente, de los que gritaban a los cuatro vientos cada mañana que querían ser felices y que nada iba a interponerse en su camino. De los que siempre sacaban una excusa para reír aunque el mundo estuviese yéndose al garete, de los que se agarraban a la mínima pista de esperanza y la regaban cada mañana para cumplir sus sueños.

Sin embargo, nadie les enseñó nunca que de locuras no se vive, que de solo buscar las estrellas fugaces no se cumplen los deseos y que cuando la vida se vuelve en tu contra ni el más fuerte de los anhelos puede ayudarte a reconducir tu camino. Tuvieron que aprenderlo a la fuerza, con el impacto de un choque que hizo virar sus vidas ciento ochenta grados y que colocó a cada uno de ellos en una dirección opuesta, distante, que no les dejaba mirarse a los ojos.


Todo ocurrió una noche del mes de abril. La luna brillaba con la fuerza de un Dios que ataño se veneraba y sonreía cual niño que pasa su primera fiesta de pijamas en casa de un amigo. Les observaba, atenta, tocando con las olas del mar una melodía que les erizaba la piel, la música perfecta para una velada romántica frente a aquel horizonte en el que el agua se mezclaba con el color del cielo en el límite de sus miradas, las cuales cada poco tiempo se entrecruzaban en un festival de emociones que siempre terminaba con la ternura de un beso de los que solo se pueden dar dos personas que se sienten seguros estando juntos, con las manos agarradas y la expresión de felicidad esculpida en sus rostros.

Ni siquiera las canciones que cantaban a pleno pulmón en la orilla del mar podían presagiar el cruel destino que ni siquiera las estrellas atisbaban mientras les miraban embelesadas. Tanto ellis como el mar eran testigos del mejor musical de canciones de películas de Disney nunca había sucedido. El Rey León, Pocahontas o incluso Enredados se daban cita en aquel concierto. La Luna, como directora de orquesta, cerraba los ojos y trataba de entonar en cada momento la melodía que más se ajustaba al ritmo de sus palabras. Algunos decían que incluso se movía tratando de seguir la música que ella misma interpretaba.

De pronto el rostro del astro celestial cambió. Se tornó preocupado, ansioso e incluso exaltado por las circunstancias. Cuando observó que sus fieles cantantes cesaron el sonido de sus voces y se disponían a abandonar el escenario de arena se sintió traicionada, abrumada por las circunstancias. Se sentía pletórica, alegre, inmensa, no podía permitir que ahora que por fin estaba creando una obra de arte como mandan los cánones la dejasen a medias, la abandonasen como muchas veces había visto hacer a humanos sin corazón con perros que esperaban durante días completos a que regresasen. No, no podían marcharse, ahora no.

Ellos le habían parecido distintos, diferentes a los seres humanos que contemplaba cada noche. En ellos había atisbado la esperanza de una humanidad que cada día tenía menos corazón y se convertía en almas que simplemente se dejaban llevar. Ellos todavía tenían el control sobre su espíritu, sobre sus actos. No podían marcharse.

Con un simple gesto de su arisca mirada la sintonía que hasta entonces interpretaba se tornó brusca, salvaje. Movía las cuerdas del mar con una bravura que nunca había visto aquel pequeño manto de agua. Las olas seguían sus órdenes sin plantearse nunca los motivos de sus actos, simplemente se dejaban llevar por un ser superior al que ni en sus mejores sueños podrían rechistar.

Contemplaron el mar asustados. Se había tornado rojizo como consecuencia del reflejo de aquella Luna llena. Sus aguas parecían sangre, el romper de sus olas una guerra y el sonido del agua una orden de La Muerte. 

Trataron de darse prisa y abandonar el lugar. Corrieron hasta las escaleras en busca de un lugar donde la guadaña de aquel monstruo no pudiera encontrarlos, pero en una arremetida desesperada ella fue agarrada por la fuerza de un titán enfadado que se la llevó hasta sus dominios más profundos.

Él trató de perseguirla, de buscarla y ayudarla, pero era imposible. Cada vez que trataba de zambullirse en el agua esta le devolvía al punto de partida con un empujón que cada iba haciendo mella en su cuerpo, golpe tras golpe, hasta que finalmente le hizo perder la conciencia.

Abrió los ojos tumbado en la arena, dolorido, sin fuerzas casi para levantarse. Con mucho esfuerzo logró incorporarse y atisbarla. Allí estaba. En el suelo, bocabajo, con su melena manchada por la arena. 

Corrió, pero el cuerpo no le respondía, se arrastró arañándose con los granos marrones que componían el felpudo del mar, hasta situarse junto a ella y, en un acto de valentía, darle la vuelta.

Respiraba profundamente, como un bebé que se echa una siesta después de tomarse uno de sus biberones, durmiendo como solo puedes hacerlo cuando no tienes ninguna preocupación que te haga mantenerte despierto y, sin embargo, al contemplarla su ansiedad no se redujo. 

Algo estaba mal. Lo sabía. Su rostro estaba ileso, su cuerpo no había recibido ninguna herida, pero en su forma de respirar, la forma en la que abrió los ojos cuando despertó e incluso cómo nacía su sonrisa era diferente. 

La Luna seguía flotando sobre sus cabezas, aunque ahora su gesto había tornado distinto. Parecía melancólica, triste, como el que acaba de perder a un ser querido. Él alzó la mirada, buscando en el cielo alguna pista de lo que había pasado mientras retornaban a las escaleras que les llevasen a un lugar seguro. Ella le cogía la mano y él se la apretaba preocupado, y entonces, casi sin quererlo, cruzó una mirada con aquella figura blanca y redonda que le hizo sentirse como en casa.

Miró a la mujer que le acompañaba y ella se dio cuenta de que el truco no había funcionado como había planeado. Como un depredador cuando acorrala a su presa se lanzó contra él y le agarró el cuello. Tenía una fuerza inhumana, incontrolable, tanto que al poco tiempo de sentir su presión decidió rendirse, dejarse llevar hasta una muerte del que se sabe acorralado y, justo antes de perder la conciencia, escuchó como el mar volvía a entonar una sintonía que le era muy familiar, que en una lengua que nunca había escuchado le decía «Te quiero».

Despertó en ese momento de la mañana en el que Sol y Luna comparten el mismo cielo, en el que los sueños de la noche se cruzan con las pesadillas de la realidad de las que nadie puede escapar. Ella estaba débil, apunto de desaparecer hasta la siguiente jornada, arrastrada por las cadenas del Tiempo, con una tez muy distinta de la que había dado la bienvenida a la oscuridad portadora de mágicos deseos.

Miró en derredor y no había nadie. Aquella mujer con el rostro de ella había desaparecido, se había esfumado como la espuma, como si se la hubiese tragado el mar. Y lo supo.

Cuando la noche cayó de nuevo sobre la playa volvió al mismo lugar. Miró al cielo y la buscó. Estaba desorientado. Nunca se había preguntado por dónde salía la Luna y a dónde se dirigía en cada ocasión. Y al final la encontró. Pudo ver como algo en su rostro le contestaba, como si le guiñase uno de esos ojos que nadie ve pero que todos sabemos que existen. 

Cantó.

Salieron de su boca todas las canciones Disney que conocía, y mientras lo hacía se prometió aprender más para las noches siguientes. Ella contestaba con el sonido del mar, de la misma forma que durante tanto tiempo había logrado con su voz y sus caricias. Arrastraba las olas del mar con más dulzura que cualquier artista su instrumento. Estas respondían a la perfección, pero esta vez como seres que saben por qué están tocando, llorando al son de cada nota con la espuma de sus cabellos, y sonrojándose ante la atenta mirada de aquel joven enamorado.

Luna llena tras luna llena volvió al mismo lugar. Cada veintiocho días volvía a la misma playa, al mismo sitio exacto, a cantar todas las canciones que había aprendido durante su marcha. Lloraba, reía y le contaba todo lo que había ocurrido en su ausencia y ella tocaba para él y le contestaba con el sonido del mar.

Para ellos nunca fue un secreto el sentido de la música de la Luna.

Carmelo Beltrán

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