miércoles, 23 de noviembre de 2016

«Piloto automático» | Carmelo Beltrán



Dícese que no hay instante sin tiempo, pero dicho momento fue tartamudo en su grito. Relojes de arena mecían sus granos y manijas perdidas observaban en derredor, rezando porque alguien les dijese hacia dónde tenían que caminar. La paz invadió el mundo, pues no había segundos para la guerra y algunos afortunados quedaron en la cresta de una ola, sintiéndose invencibles.

El espacio congelado y mi corazón latiendo desbocado. Gritos abandonados suspendidos en el aire y todo mi dolor expresado en un susurro desnudo y pudoroso que se sonrojaba cuando algún despistado le daba la espalda.



Memorias afiladas, bandas sonoras llenas de nostalgia, los minutos no avanzaban pero las nubes se dejaban llevar. Mi mal no miraba al futuro. Se concentraba en el pasado y esta tregua del tiempo no era más que un baño de angustia y frustración que utilizaba para borrar mis alegrías.

Si dicen que el amor se compone de caos, el suplicio tiene que ser el sentimiento más racional sobre la faz de este plantea. Etiquetas a los sentimientos, otra muestra de egocentrismo humano, buscando dar nombre a lo que nadie comprende, queriendo diferenciar entre caras de la misma moneda, llamando antónimos a emociones simétricas.

Antes de que el tiempo arranque pintaré con tiza las líneas blancas de los carriles bici que encuentre por la vida. Pienso recorrer el mundo en pos de un sinsentido, pues si solo en el dolor he encontrado coherencia, entonces dejadme sonreír perdiendo el norte.

Dícese que el tiempo siempre avanza de Este a Oeste. Lo siento por él, en esta ocasión me he escondido en el Sur, bajo el sonido de olas que bailan nerviosas para impresionar a la Luna.

Bendita Luna.

Carmelo Beltrán

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