jueves, 29 de diciembre de 2016

«El dibujo sobre el espejo» | Carmelo Beltrán



Descubrió que estaba perdido cuando se contempló en el espejo. ¿Quién era? ¿Qué hacía ahí? ¿Qué quería hacer? Su mano rozó el reflejo. No era más que alguien desconocido con las facciones de una sombra del pasado, aderezado con decepción y con una pizca de frustración.

La simple visión le hacía daño, pero sus ojos llorosos no permitieron que les llevasen lejos de aquella imagen. Era ella, o por lo menos había visos de serlo. Era ella, o al menos lo había sido en el pasado.


Desde que perdió su mapa el camino era difuso, desde que chocó contra la realidad la fantasía de su mente se había esfumado, dejándola como una de tantas, abandonándola a su suerte, cargando la penitencia de haber estado en el lugar y en el momento equivocado, de haber sucumbido ante una sonrisa, de haber querido hasta quedarse ciega.

Tanto tiempo entre sus libros no había sido suficiente. Las letras dejaron de ser su escape y él se había llevado su inspiración con sus golpes. No solo eso, había acorralado a su niña interna, había pervertido su sonrisa, había espantado sus ganas de vivir.

Tomó con fuerza el rotulador que desde hacía tantas horas sujetaba entre las manos. Lo apretaba con tanta fuerza que dolía. Trazó el primer círculo sobre su reflejo. Rodeó su ojo, el primer lugar donde había sentido su golpe. Trazó una línea discontinua sobre su mejilla. Dolía incluso en aquel cristal. Respiró profundamente. Se había prometido no llorar. No le daría esa satisfacción, no capitularía ante él. No, nunca más, ni un segundo extra le iba a regalar. 

Apretó más el puño para que sus manos dejasen de temblar y, con más decisión que fuerza, con más angustia que satisfacción, marcó sobre aquel cristal cada una de las marcas que le había regalado. No dejó ninguna parte parte de su cuerpo olvidada y tras ello contempló aquel mapa en el que la había convertido.

Una lágrima cayó por su mejilla y una sonrisa cómplice surgió de sus labios. No era una sonrisa de felicidad, triunfo o alegría, era simplemente una de nostalgia, de las que nacen cuando reencuentras a alguien que creías perdido.

Solo entonces tomó el teléfono y marcó las teclas dispuesta a quererse. Dispuesta a darse todas las oportunidades que le había robado. Dispuesta a ser feliz.

Carmelo Beltrán

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