martes, 31 de enero de 2017

«Aquella noche le visitarían sus demonios» de Carmelo Beltrán | Relato


No reconoció a aquel reflejo de mirada vacía que le contemplaba desde el espejo sino como la sombra de los pesares que arrastraba su mente desde hacía tiempo ha. Era la viva imagen de todos los miedos a los que nunca hizo frente y de aquellas debilidades que tatuó en su piel por ser tan cobarde de preferir ocultarlas a pedir ayuda.

En cada una de sus manos radicaba su debilidad. Habían pasado demasiados meses desde la última recaída, tantos, que ya ni siquiera había seguido marcando sus días a salvo en aquel calendario que tenía en la pared. No le había parecido necesario, pensaba que había vencido a su demonio, pero aquella tarde descubrió que únicamente acechaba en busca de su oportunidad.


Después de tantas noches separados, su encuentro fue tímido, frío, con miedo, incluso. Él sabía que no había nada dentro de aquel frigorífico que fuera a darle más de unos escasos segundos de felicidad, más de una satisfacción fugaz, traidora y mentirosa que se convertiría en pesar, en pesadillas y dolor por la mañana. Conocía perfectamente sus patrones, cómo soplaba el viento antes de cualquiera de sus recaídas, qué forma adoptaba su sombra cuando este decidía entregarse a la oscuridad, y aun así, decidió lanzarse al vacío en busca de aquellos efímeros instantes de felicidad que le habían abandonado.

Las palabras «solo una» dieron lugar a «esta es la última que tomo», que procedió a convertirse en una promesa a los fantasmas de su pasado con las que les mentía y les decía que sería «la última vez».

La razón tornó tempestad, la culpabilidad se esfumó entre espejismos y la conciencia dejó de funcionar para convertirse en un mero piloto automático que se dirigía directamente hacia un precipicio.

Fue el último trozo con el que volvió a su ser, como si de un animal hambriento se tratase que solo vuelve en sus cabales tras devorar todo lo que tiene al alcance de sus ojos, como el títere que simplemente cumple los designios de su dueño, pero con el dolor de haber vuelto a fallar a su palabra, con el dolor de volver a sentirse débil, con la amargura de saberse incapaz de vencer a sus demonios.

Al levantarse del suelo corrió frente al espejo. Juraría haber visto malicia en sus ojos, a pesar de que en ellos solo había decepción, obstinación y la sombra que todos aquellos que han perdido su mapa tienen en el centro de los ojos.

Contempló la cuchilla que tenía frente a él. Sería fácil, rápido, una forma de quitarse de en medio, una última llamada de socorro ante todos aquellos a los que nunca había tenido el valor de acudir, una última obra de arte para un idealista que hacía demasiado que no encontraba a ninguna de sus musas.

Sin embargo, la cobardía no es una etiqueta que se pueda quitar sin más de la piel. Dejó la pequeña cuchilla y se tiró en la cama. No estaba preparado para enfrentarse a sus demonios, pero sabía que esa noche le visitaría.

Carmelo Beltrán

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