domingo, 8 de enero de 2017

«No hay silencios sin música» | Relato de Carmelo Beltrán



Cuando la noche sumió en oscuridad aquel lugar perdido, los grillos se pusieron el esmoquin y comenzaron a entonar su canción. Los búhos se desperezaban en las ramas de los árboles mientras otros bostezaban cuando se escondían en sus madrigueras y, en medio de todos, dos jóvenes sobre el capó de un vehículo contemplando las estrellas.

Los búhos les contemplaron con atención, atentos a cada movimiento de aquella especie animal que nunca habían visto discurrir por su territorio y ellos les devolvieron la mirada, admirando aquel rincón al que habían acudido para perderse. 


Los grillos desafinaron en una de sus notas y la pareja giró presta la cabeza hacia donde el director de la orquesta daba las órdenes. Los pequeños animales sintieron por primera vez vergüenza, notaron cómo les temblaban las extremidades, pero sin pensárselo dos veces volvieron a tocar su dulce serenata, cada vez más sueltos, cada vez más orgullosos al observar las amplias sonrisas que se formaban en sus rostros y reconfortados al sentir el ulular de los búhos en la distancia que, tímidamente, se iban sumando a la fiesta.

Sin poder contenerse, una de ellas bajó del capó y se hizo el silencio en el rincón que muchos hubieran llamado paraíso. Cuando la música dejó de sonar el corazón hizo amago de frenar. No creía en los pecados, pero haber roto la magia de aquel instante era lo más parecido que hubiera podido imaginar. Por ello siguió caminando con delicadeza, abrió el maletero y extrajo una pequeña guitarra desgastada por el paso de los años. 

En el más absoluto silencio volvió a alzarse al lado de la persona a la que quería. Su pequeño beso fue lo único que sonó en aquel bosque y, aunque sus sonrisas hubieran hecho cantar al más tímido de los artistas, nadie entonó la primera nota en aquel lugar. Las dos se miraron y solo le hizo falta que ella asintiera para deslizar la mano por las cuerdas de aquel instrumento que tantas historias había vivido. 

Sus cuellos unidos y sus mentes volando con el corazón acongojado. Esperaban que respondiesen a la llamada, que aquellas voces se sumasen a la historia que contaban sin palabras. Eran un equipo. Una soñaba con la música y otra creaba en notas los sueños con los que despegar los pies del suelo.

Ceso la música cuando se volvieron a besar, pero esta vez, al despegar los labios el silencio se había extinguido. El tímido ulular se había transformado en una voz ebria de felicidad, como la de aquel iluso que piensa que será feliz para siempre y que, aunque sabe que no es verdad, no le importa, y los grillos se esforzaban por seguir el ritmo que había marcado la guitarra.

Carmelo Beltrán


4 comentarios:

  1. ¡Qué bonito escribes! *-* Siempre leo tus relatos aunque nunca suelo comentar, pero es que me encantan todos ^^ Escribes genial y muy bonito, así que espero seguir leyendo estos relatos tuyos por mucho tiempo :')

    ¡Besos!

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    1. :) Me vale con lo que los leas y sí, mi intención es que 2017 llene este pequeño cuaderno digital de miles de historias (vale, miles no, pero no sé, ¿cien?).

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  2. Hola, me gusto tu relato, me sentí enamorada.
    Saludos.

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