domingo, 19 de febrero de 2017

«Tiempo» de Carmelo Beltrán | Relato



Hacía tanto que había perdido de vista al tiempo, que se asustó cuando volvió a toparse con sus segundos. Los minutos, tanto tiempo fantasmas de su pasado, volvieron a cobrar formas conocidas frente a su espejo, bocetos de recuerdos de otra vida, de otro mundo y, a veces, pensaba, de otra dimensión.

Sus horas se pintaron de nuevo de bailes, sonrisas y de noches llenas de cervezas y carcajadas hasta el amanecer. Disfrutó del tiempo que nunca había conocido, amó en centésimas de segundo y le usurpó pesadillas al destino. 


Sin embargo, no se dio cuenta de que sin pesadillas no había sueños, de que su tiempo había derrumbado sus metas y de que los minutos que se agolpaban frente al espejo hacía demasiados segundos que no le dejaban apreciar su rostro.

Tembló durante horas antes de atreverse a moverlos. Respiró miles de alientos en centésimas de segundo y retrocedió muerto de miedo tantas décimas como ráfagas de viento tiene un invierno.

Cuando el reloj entonó la undécima campanada de una noche sin momentos se atrevió a soplar con todas sus fuerzas, justo hasta el instante en el que la arena se paralizó. Tres escalofríos le recorrieron de arriba a abajo cuando reconoció el rostro de quien le observaba desde el espejo. Era él, simple y llanamente él.

Resopló aliviado durante una milésima de segundo. El tiempo exacto en el que su reflejo le señaló con la mirada, cadencia vacía de suspiros, y no fue capaz de no contemplar la decepción en los ojos de aquel garabato del pasado. El cuarto escalofrío llegó cuando el trazo de su pasado desapareció.

Fue entonces cuando se contempló de verdad. Sólo era una sombra, sin rostro, sin emociones, sin nada que le hiciese reconocerse. Había invertido tanto tiempo en noches, sonrisas y lágrimas que se había olvidado de lo único que conseguía plasmarle en el mundo.

Una presión se adueñó de su pecho mientras buscaba por todo su hogar un folio y algo con lo que escribir. Las horas volvieron a perder a valor cuando trazó la primera frase, los segundos desaparecieron al terminar el primer párrafo y los minutos se convirtieron en personajes de mundos que sólo él había visitado. 

Escribió desesperado, ansioso y perdido. Escribió para encontrarse, dibujarse y recordarse. Escribió porque vivía de ello, porque no tenía más alimento que las historias que creaba, escribió porque hacía demasiado tiempo que no se reconocía. 

Por eso escribió, y volvió a escribir hasta que las horas, los minutos y los segundos volvieron a perder todo su sentido.

Carmelo Beltrán


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