sábado, 4 de marzo de 2017

«Historias de café caliente» de Carmelo Beltrán | Relato



Ningún café aguantó caliente el suficiente tiempo para que pintase mis sueños en su humo y, aun así, cada mañana me sorprendía contemplando en sus formas todo lo que algún día quise llegar a ser.

Siempre aprecié los amaneceres como el punto de conexión entre nuestro mundo y todos los que nunca fuimos capaces de vislumbrar, ni siquiera cuando historias de otro tiempo nos decían que tarde o temprano, conseguiríamos cruzar ese punto cardinal.


Supongo que por eso creía que los demonios existían, pero que con la música conseguíamos mantenerlos a raya, que los fantasmas deambulaban a nuestro alrededor, pero que de malvados tenían su peso y que no eran más que almas errantes asustadas por un camino que no querían tomar. Todo ello, pese a que al final pensase que los únicos ángeles de este planeta tenían cuatro patas y aullaban con el sonido del teléfono.

Nunca comprendí si los mundos de ensueño que pintaba en el aire cuando hacía al sueño huir eran reales o productos de mi imaginación, ni siquiera recuerdo si quise ser todas esas cosas que un día traté de dibujar bajo el agua de la ducha, pero que nadie me engañe y me diga que con la música no espanté a los demonios que me acechaban, que los fantasmas se convirtieron en inspiración, y que hay historias que no podrían ser nunca más tangibles que dentro de mi cabeza.

Al final me rendí a la realidad. Todo era verdad. El punto cardinal fue cruzado y terminé en mi mismo mundo, pero con un mundo inmenso de diferencia. Todo dependía de cómo mirases, de junto a quién lo hicieras, y de cuántas canciones se cantasen al unísono. 

Hay una ley universal que dice que las respiraciones en los conciertos crean héroes, las de aquellos que provocan suspiros en el público, las de esos que cierran los ojos y se creen invencibles durante tres minutos, tan poderosos, que al final se hacen eternos.

Carmelo Beltrán




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