lunes, 3 de abril de 2017

«Llaves de tiza» de Carmelo Beltrán | Relato



En este mundo existen mercaderes de sueños. Espíritus que cambiarían las leyes del universo por hacer feliz a alguien. Seres tan difíciles de reconocer que, si no fuera por el sonido a mar que arrastran sus almas, serían como cualquier otra persona más. Pero no lo son.

Son aquéllos que te convierten en espadachín con dos periódicos enrollados, ésos que te hacen sentirte maquinista con dos trozos de papel y muchas horas de su sueño, los que te harían futbolista y serían al mismo tiempo rival, árbitro y afición y que con una simple revista son capaces de conseguir que sonrías durante tantas horas que el Sol no estaría para contarlas.


Ésta es la historia de un adulto con cuerpo de niño cuyos sueños dejaron de cumplirse. De un alma joven apresada en un mundo de rutina que trataba de robar sus ilusiones, de una esperanza tan rota que la maldad del mundo estuvo a punto de consumirla. 

Hasta que una lágrima le salvó. Una gota de nostalgia que discurrió por su mejilla hasta caer en el rastro de tiza blanca que marcaba el viaje hasta el centro de su infancia, al hogar donde sus bellos recuerdos se amontonaban, al mundo donde los sueños todavía existían.

Aquel niño con cuerpo de adulto jugó tantas horas que la Luna no pudo acompañarle en todas, soñó tanto que le dolía la ilusión, sonrió de maneras que no sabía que se podía. 

Cuando paró un momento para respirar, atisbó tras una ventana la sombra de alguien a quien recordaba. Se despojó de historias, recuerdos y momentos idealizados y caminó rápido, cada vez más aceleradamente, hacia un cristal que cada vez mostraba más lejos aquel dibujo de la oscuridad. Cuando llegó hasta él lo aporreó con todas sus fuerzas y gritó poemas que había aprendido no sabía cuándo.

La figura no giró. El paso del tiempo es inescrutable, pero él se dejó la vida rogando al cielo por una segunda oportunidad. Golpeó el cristal hasta que dejó de sentir las manos, gritó aquellas poesías hasta que invadieron el cuarto y se llevaron a los sueños con ellas y cuando la oscuridad era lo único que quedaba, rompió a llorar como señal de rendición.

Lloraba como no lo hacía desde que era niño, lloraba como nunca lo hizo cuando se despidieron. Pero cuando notó que alguien le acariciaba la mejilla, alzó la vista en su busca. Allí no apareció nadie, pero el viento susurró varias palabras secretas en su oído y cuando quiso darse cuenta, en su mano había aparecido una llave hecha de tiza.

El despertador sonó cuando se levantó a para ver qué tesoro escondía la cerradura que ésta abría, pero lo siguiente que sus ojos vieron, fue la fría pared de una habitación que le consumía. 

Sin embargo, su mano ahora no estaba vacía. En ella yacía una llave construida en tiza. Una llave en la que invirtió todo su tiempo libre y esperanzas en encontrar su cerradura, sin darse cuenta de que lo que había abierto era el recoveco de su corazón que se había olvidado de ilusionarse.

Carmelo Beltrán

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