martes, 26 de septiembre de 2017

«Luciérnagas» | Relato de Carmelo Beltrán

Durante una noche como otra cualquiera una joven niña a la que nadie conocía caminaba por la vera del mar, en silencio, con la mirada perdida en las escasas estrellas que la contaminación de la ciudad permitía atisbar, escuchando al viento con la atención que cualquier sabio siempre merece.

Andaba de una forma grácil, como si su cuerpo no pesara, como si sus pies fueran de niebla y la arena los zapatos mágicos que le impedían abandonar este mundo y volver a su hogar en la eternidad.

Luciernagas relato Carmelo Beltran



Cuando había dado exactamente ochenta y siete pasos se tumbó en la arena y comenzó a agitar los brazos y las piernas cual niño que por primera vez encuentra la nieve y quiere dibujar en ella un ángel. 

Las personas la contemplaban con aquellas miradas llenas de prejuicios. Por sus cabezas rodaban mil y una razones por las que no entendían a aquella niña y todos pensaban que los locos no deberían caminar sueltos. Lo que ellos no sabían es que para aquella joven los que habían perdido el juicio eran los ojos que la vislumbraban juzgándola en lugar de unirse a su baile de emociones y disfrute de la naturaleza tal y como nos la habían regalado.

Fue entonces cuando escuchó el susurro de lamento en la brisa marina. Nadie más torció el rostro pues era uno de aquellos sonidos que solo las personas con el corazón sin nudos podían atisbar. Se repitió una y otra vez, aunque cada vez que sonaba parecía menos triste y más solitario, en busca de una persona que quisiera acompañarle, que quisiera bailar con su melancolía y convertirla en las historias que un día contar.

La niña se incorporó justo cuando una estrella viva pasó por delante de sus ojos. Los astros siempre caminan entre nosotros, pero nadie lo sabe porque lo hacen camuflados en forma de luciérnagas. Pero ella no era nadie, ni siquiera cualquiera, así que cuando aquel brillo amarillo cruzó por su mirada no dudó ni por un instante de que se trataba de la cuna de la magia. 

La tocó con la necesidad de los jóvenes, la sujetó con la curiosidad de los niños y cuando volvió a abrir los ojos ya no estaba en la playa, sino volando por encima, brillando como un destello y riendo como quien sabe que no hay nada más importante que navegar por el firmamento.

Desde allí les contempló a todos. Desde las alturas eran iguales. Grises, copias idénticas, vacíos, huérfanos de ilusiones que simplemente se dejan llevar por la corriente del río que llaman vida.

Chasqueó los dedos. El mundo no podía volver a ser blanco y negro. Las estrellas respondieron a su llamada y, cual luciérnagas, bajaron de la oscuridad donde yacían olvidadas y comenzaron a bailar por encima de las leves olas que aquella noche ofrecía el mar.

Todos pararon. Todos miraron. Nadie juzgó. Y pareció, por fin, que durante aquellos minutos el mundo volvió a pintarse de color con la tinta de la ilusión.


Aquella niña nunca volvió a aparecer por aquella playa, pero siempre estuvo presente. Cada noche bajaba hasta la arena en forma de luciérnaga y acompañaba a la vera de los niños que llegaban solos hasta la orilla del mar. 

Bailaba a su lado, surcaba la marea con belleza y aguardaba a que alguien decidiera acariciarla y para volar junto a ella por el firmamento. 

No sabía cuánto más iba a aguantar sin comenzar a sollozar en forma de brisas melancólicas...

Carmelo Beltrán




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