miércoles, 25 de noviembre de 2015

«Nunca dejes de sonreír» — Relato



No, no quiero. No puedo volver a encender la luz. Prefiero quedarme aquí tumbado, bajo el cobijo de lmi manta. Desde que tengo memoria he sentido como estas telas me han protegido de todos los peligros. De pequeño de las sombras que me aterraba, ahora de mi cabeza intranquila, de mis pensamientos errantes y de mis lágrimas afiladas.

Sé que no tiene ningún sentido ocultarse, que aunque me tire aquí todo lo que resta de mi vida el problema no desaparecerá. Es permanente y debo vivir con ello. Es como el ancla de ese barco pirata con el que soñaba de niño después de ver Peter Pan. Tengo que aprender a hacerlo, pero no es fácil. Duele como si me clavaran mil puñales en un solo segundo, por ello lo simple sería quedarme aquí, encerrado, esperando a que en algún momento las alegría vuelva a llamar a mi puerta y que la sonrisa vuelva a reflejarse en mi rostro. A que algún intrépido sentimiento aventurero avance en contra del resto y vuelva a colocarme la boca en su forma predilecta. 


Sin embargo, he estado agudizando el oído y deseando escuchar el sonido del timbre durante las últimas setenta y dos horas y lo único que he conseguido es romperme el alma por más recovecos. Ese sentimiento se ha perdido. Mi alegría ha hecho huelga y se ha unido a la manifestación de la tristeza, la cual avanza por mi calle principal derribando todo lo que encuentra a su paso.

Recuerdo que, cuando solo era un niño y tenía algún problema, mi abuela siempre me daba el mismo consejo: «¿Qué pensarás de esto cuando tengas setenta años?». Sé lo que opinaría de lo de ahora. Mi yo se me acercaría y me daría dos bofetadas, me diría que no puedo tirar mi vida por un pequeño problema, que más me arrepentiré si me quedo siempre debajo de las sábanas. ¿Y sabes por qué? Porque el cobijo de su oscuridad no es desinteresado, te cobra unas tasas que nadie puede pagar. Son las más usureras que puedes encontrar en el mercado. Sus intereses no se cubren en forma de euros, sino de sentimientos. 

Hipotecar tu felicidad por un pequeño bache no es la solución. Vender tu energía a expensas de lo que puede pasar no es un acierto. Es un error. Por ello te digo: «¿si no puedes cambiarlo para qué preocuparse?».

Y creo que tiene razón. Me prometo a mí mismo que voy a salir de las sábanas. Que en cuanto se haga de día voy a dejar mi caparazón a un lado y que voy a dar rienda suelta a todo lo que se me pase por la cabeza. Que mañana por la mañana voy a ser feliz y que voy a hacer todas esas cosas que podía haber hecho en estos días que he desperdiciado. No. No es suficiente mañana. Tiene que ser ahora. 

Me levanto y salgo de mi habitación. Bajo por las escaleras hasta el trastero en busca de aquello que necesito. Lo encuentro. Sin parar a preocuparme un segundo de la hora o de no hacer ruido vuelvo a mi cuarto y cierro la puerta.

Mojo la brocha que acabo de rescatar de las telarañas de su escondite en el bote de pintura negra cuyo olor me produce náuseas. Paso los pelos del instrumento por la pared y mientras lo hago siento como una sensación de felicidad invade mi cuerpo. Se me había olvidado qué era sonreír. Ahora lo recuerdo. Sienta tan bien…


Cuando he acabado me retiro un paso para atrás y contemplo mi obra: «NUNCA DEJES DE SONREÍR». Tiene razón. Pase lo que pase de ahora en adelante, nunca se me volverá a olvidar.

2 comentarios:

  1. Hola. Me ha gustado muchísimo, se nota que los has hecho con el corazón. Tienes toda la razón, hay que sonreír ante las adversidades, en ese momento que estas mal cuesta pensar que puede hacerse, pero tu abuela te dijo unas sabias palabras que por fortuna no olvidaste.
    Muchos besos, nos leemos.

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    1. Muchas gracias Rubíes, un placer leerte por mis relatos ^^.

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