sábado, 2 de enero de 2016

«Lazos morados» — Relato



Alzó la mirada buscando un poco de humanidad. Necesitaba encontrar a alguien que escuchase sus problemas. El ardor que le producía el veneno de sus palabras la estaba destrozando por dentro, cual tubería corroída que va destrozando poco a poco las juntas de metal se unía a los pinchazos que le daba su cuello en señal de advertencia. Sin embargo, por muchas veces que levantase la cabeza, en aquel autobús no había nadie que se preocupase por el resto. «¿Seres sociales? Somos el animal más individual sobre la faz de la Tierra».

Un grupo de jóvenes consultaban el móvil. «Se deben de conocer», pensó Iria, «de vez en cuando intercambian alguna palabra y se sonríen». ¿Cómo es posible que prefieran la compañía de máquinas al calor humano? 

Si desplazaba los ojos hacia la derecha podía distinguir a una pareja de lo más peculiar. Ella absorta en su ordenador, preparando la presentación que abriría la dura jornada de trabajo que tenía por delante. Tenía que convencer al jefe de que su ascenso había sido merecido y callar los rumores de que sus talentos estaban más relacionados con sus rodillas que con su mente. La sociedad en la que vivimos sigue sin valorar a las mujeres como es debido, pero poco a poco van abriendo ese camino que terminará por llevarlas al lugar que merecen. Por otro lado, él estaba totalmente concentrado, leyendo en su libro electrónico. Desde que se había sentado dos paradas antes su rostro había adoptado las más diversas expresiones. Se había transfigurado del amago de una sonrisa a la perplejidad del que no entiende nada, seguido por una mueca de dolor, que Iria no fue capaz de discernir acerca de si se la habían provocado las letras o ese café indigesto barato que tomaba cada mañana.


Podía seguir fijándose en el resto de los asistentes a su cita matutina con el autobús de las siete y media de Madrid, pero la imagen no vararía en exceso: un par de personas perdidas en el periódico, una joven escuchando con sus auriculares a un volumen al que, tarde o temprano, sus tímpanos dirían basta la canción de Don´t look back in anger de Oasis. Lo de siempre, cada uno a lo suyo.

Pero Iria seguía con esperanza, era lo único que tenía. El paso del tiempo había hecho que se sintiese fuera de su cuerpo, como si alguien se lo hubiese arrebatado. No podía encontrarse. Necesitaba a alguien que levantase la cabeza y respondiese a su llamada de auxilio. De casa al trabajo y del trabajo a casa. Era el único recorrido que podía hacer sin que él estuviese encima, controlándola, diciéndole lo que tenía que hacer o decir, e incluso calificándola como «guarra» o «zorra» si se vestía intentando sentirse sexy. Al principio le justificaba, se decía a sí misma que un poco de celos no hacía daño a nadie, que lo hacía por que la quería, que era porque la apreciaba. Con el paso del tiempo las motivaciones para no irse eran otras: «No me va a querer nadie» «Soy horrible, fea, nada interesante». Con sus comentarios había conseguido destruir su alma, romperla en piezas de un puzzle que resultaba demasiado complejo para las pocas energías que le quedaban en la recámara, y del que, para más inri, le había ocultado unas piezas. Era como si la hubiesen pinchado y pegada a la aguja hubiesen escapado las fuerzas para vivir.

Por supuesto que, como muchas otras, se había propuesto irse, abandonarle, buscar una vida mejor, la vida que sus amigas y sus padres le decían que se merecía, pero que ella no tenía fuerzas de coger. Con el tiempo él le había colocado unos grilletes en las piernas que, aunque en ocasiones diesen la sensación de no estar sujetos a ninguna parte, la goma elástica con la que la devolvían a su dominio iban robándole las esperanza grano a grano.

Llegó a Plaza Castilla dispuesta a coger el metro, a hacer el transbordo necesario antes de llegar a su puesto de trabajo. Es curioso como por la mañana quería que el tren estuviese rápido en la estación y llegar lo más pronto posible a su destino y por las noches rezaba para que se retrasase lo máximo posible. Aunque nunca había sido creyente había empezado a implorar al cielo cualquier tipo de ayuda que pudiere brindarle. Ni siquiera el contestador automático de eso que llamamos Dios le había dado una respuesta. La desolación ganaba enteros en conquistar sus emociones, pues era la única que conseguía mostrarse tal y como era.

Cuando llegó a la oficina esa mañana la tranquilidad en el ambiente le asombró. Las puertas que normalmente estaban cerradas esa mañana daban la bienvenida a cualquiera que quisiera asomarse. La mayoría de las sillas de la oficina estaban vacías. Lo único que se podía palpar en ese lugar era la ausencia de respiraciones, de latidos, en definitiva, de trabajadores ganándose el sustento. Subió las escaleras para llegar al segundo piso y giró rápidamente a la derecha, al lugar donde se encontraba su escritorio. 

Allí encontró una marabunda de gente seria —o incluso triste—, reunida y hablando en una voz tan baja que solo se podría considerar susurros. En silencio, para no romper la magia de aquello que estuviese sucediendo en el centro de la concentración, los rodeó y se asomó por un pequeño hueco que habían dejado en el lado derecho. Sobre la mesa, vio extendido un periódico que contaba la noticia de que un nuevo caso de violencia de género se había producido en el país. «El asesino se suicidó justo después de clavarle un cuchillo en la yugular a su mujer mientras hacía la cena…». Levantó la vista y vio el gran ramo de flores que presidía la oficina esa mañana, un lazo de luto morado de su mismo tamaño le acompañaba en la soledad que inspiraba. Justo en él, en letras blancas adornadas se podía leer «Iria Genovés, nunca te olvidaremos». Un pinchazo en el cuello y una hilera de gotas de sangre cayendo. Si hubiese tenido tiempo hubiera pensado que debería tratarse de una broma de mal gusto, pero no tuvo ese privilegio. Se encontraba tirada, sintiendo como el frío de su cuerpo desangrado iba acomodándose a la temperatura de las baldosas. Cuando consiguió abrir los ojos y levantar su cabeza esta no encontró el auxilio que todo el mundo le había concedido pero que, por miedo, nunca había agarrado. En un último esfuerzo fue capaz de centrar en su mirada en la suya, la de su verdugo, que la miraba con aires de grandeza y superioridad, mientras ella exhalaba su última respiración en busca de un lugar mejor.

@CarBel1994

6 comentarios:

  1. Unas reflexiones amargas y un tema delicado. Lo has sabido escribir con elegancia, me ha gustado mucho. Corrige en el tercer párrafo empezando por abajo, hay dos "el" seguidos. Por lo demás está genial, felicidades, es precioso a pesar del desenlace trágico.

    Por cierto, te he nominado a un tag en mi blog. Espero que si te hace ilusión y no es una gran molestia te pases a ver y lo contestes. Te dejo el link: http://dormidaentrepapel.blogspot.com.es/2016/01/premio-liebster-tres-en-uno.html

    Y feliz 2016 :)

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    1. Muchas gracias, Ari Silva y también por decirme lo del fallo.

      Por supuesto que lo haré, en cuanto tenga un hueco entrará.

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  2. Muy interesante tema y bien escrito, aun eres muy joven y aprenderás mucho más con el tiempo. No dejes de leer y escribir, paciencia y voluntad. Saludos, JA

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  3. Por todos los dioses. Sublime. Las sensaciones finales son maravillosas y bellas en su crudeza. Me gusta mucho el aura o ambiente que generas con tus palabras, las construcciones elegantes y en definitiva, tu modo de enganchar un hecho a otro... Bueno.
    Felicidades :)

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    1. Moria, me alegro mucho de que me digas todo eso. Muchas gracias :)

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